domingo, 17 de junio de 2018

El rock clandestino de la URSS que se grababa en radiografías

Durante los años de la Guerra fría, en la Unión soviética existían pocas cosas que hacer para entretenerse que no implicasen en mayor o menor medida el beber anticongelante de motores o fumar cartulinas disfrazadas de tabaco.

La culpa la tenía un Estado que en aquella época decidió protegerse de la perniciosa cultura occidental vistiendo el Telón de Acero a modo de chaleco antibalas, prohibiendo la cultura foránea y contemplando por la mirilla a todas las artes extranjeras que abandonaba en el rellano.

En el terreno musical, las prohibiciones fueron tajantes y las caderas que se meneaban en poniente se consideraron inadmisibles, mientras el rock, el jazz o cualquier otro ritmo marchoso era vetado por completo en las fronteras de la URSS.

Una censura musical que se extendería durante décadas hasta provocar situaciones delirantes: en 1985, la lista de las bandas oficialmente prohibidas en el territorio soviético metía en el mismo saco a Slayer, Black Sabbath, Iron Maiden, Donna Summer, Julio Iglesias (etiquetado como neofascista) y los Village people.

A estos últimos se les acusaba de ser asilvestrados, violentos y promover el militarismo, una observación muy lúcida por parte de censores incapaces de entender que la letra de In the Navy no aludía a norteamericanos patriotas envolviéndose en banderas, sino a señores aficionados a dejarse envolver por otros varones.

La etapa más dura de tanta condena a las artes ocurrió mucho antes, durante los cincuenta y sesenta, cuando la censura obligó a los oídos soviéticos a conformarse con juglares nacionales que recibían el visto bueno del Estado y un jazz soviético de teatral puesta en escena que estaba más cerca de los Cantajuegos que de las refriegas musicales de Art Blakey y Thelonious Monk.

Tanta censura propició que la música extranjera se convirtiese en motor de todo un mercado underground regentado por marineros, actores y otras gentes viajadas que traficaban con vinilos de compases exóticos para alimentar los tocadiscos de la Unión soviética.

El problema es que lo arriesgado de aquel comercio furtivo provocó que el valor de los discos clandestinos alcanzase precios prohibitivos para el trabajador medio que gustaba de comer caliente y conservar todos los órganos internos en su sitio. Hasta que alguien encontró la solución perfecta: tallar la música en los huesos de la gente.


Bill Haley -‘Rock around the clock’.
La culpa fue de Ruslan Bugaslovski y Boris Taigin, un par de fanáticos de la música naturales de Leningrado que idearon un método con el que duplicar melodías de manera barata, algo inusual en una época donde las siglas MP3 y P2P sonaban a robótica avanzada.

Aquella pareja se dedicó a pescar radiografías descartadas de pacientes entre los contenedores de los hospitales para horadar, aprovechando lo maleable del material y mediante un aparato de fabricación propia, surcos sobre ellas como si se tratase de vinilos.

Aquellas placas de rayos X mutaban en elepés gracias a las manualidades caseras, la circunferencia de cada disco se recortaba a mano y para perforar el orificio central bastaba con quemar el negativo con un cigarrillo encendido.

El resultado era un producto de vida efímera y calidad exigua, pues solo era posible grabar los surcos sobre una de las caras de la radiografía y las pistas registradas se desgastaban a cada escucha, pero que se convirtió en la vía principal para escuchar música clandestina al ofrecer un camuflaje perfecto para la mercancía y un producto barato para el público.

El curioso formato elegido hizo que aquel tipo de discos fuesen bautizados popularmente con nombres de inspiración tan osteópata como «Música de hueso», «Costillas» o «Jazz en los huesos». Cuando el estado descubrió todo aquello, decidió actuar persiguiendo la producción furtiva con firmeza y enviando a la cárcel de tres a cinco años a todos aquellos que se dedicasen a elaborar elepés artesanales.


Lo gracioso del asunto es que las osamentas rotas sirvieron para que la música extranjera encontrase una fisura por donde colarse furtivamente en la Unión soviética. Los veranos a los que cantaban Ella Fitzgerald y los Beach boys llegaron a los hogares escritos sobre los huesos fracturados de la población, los tocadiscos hicieron girar costillas que sonaban como el twist de Chubby Checker y los versos de sus Satánicas Majestades o Elvis se vistieron con cráneos humanos traslúcidos.

Escuchar música molona en el estado soviético suponía coleccionar fotografías de las entrañas de otras personas y la juventud que se apuntaba a ello también comenzó a avivar un movimiento contracultura llamado Stilyagi, una denominación que nació despectiva y vendría a traducirse por algo así como «cazadores de estilo».

Se trataba de una tendencia convertida en credo que veneraba las modas de occidente, vestía sus excesos estéticos e inventaba bailoteos con los que menear el culo al ritmo de la Música de huesos.

En el entorno comunista, aquellos stilyagas eran la rendición a la invasión pop, los cool hunters de la CCCP que el Estado detestaba, los hípsters antes de que nadie supiera realmente qué coño era un hípster y aquellas criaturas que se habían envalentonado gracias a la música contenida en los discos caseros.

No fueron la única revolución que aterrizó en el lugar girando a 78 revoluciones por minuto y pinchando hueso: la Beatlemanía también se vio obligada a invadir la Unión soviética de manera clandestina, a través de un puñado de esqueletos.

Desconocido – ‘Just tell I love her’

Cuando el gobierno soviético avistó a lo lejos los pelos de los británicos The Beatles, intuyó de manera inmediata que aquella rebeldía musical rabiosa solo acarrearía desmelenamientos inaceptables y decidió que prohibirlos por completo era el único movimiento razonable posible.

En las universidades, escuchar a los cuatro de Liverpool podía ser considerado un motivo de expulsión, y lucir melena de varón en las calles era un modo de invocar a un cuerpo de policía cuyos miembros se veían obligados a ejercer como peluqueros de emergencia.

En 1957, el ruso Kolya Vasin tenía trece años y vivía la existencia de manera despreocupada hasta que, durante una tarde de otoño, un amigo se presentó en su casa enarbolando un extraño disco flexible y prometiendo que aquel artefacto contenía rock’n roll americano.

El joven Vasin examinó a trasluz aquella lámina misteriosa para descubrir que lo único visible en su interior era un puñado de huesos, pero la verdadera sorpresa llegó al colocar el objeto sobre el plato del tocadiscos y dejar caer la aguja en las estrías de su superficie: del interior de aquella radiografía de hospital brotó la voz eléctrica y desenfrenada de Little Richard bramando «Tutti frutti, oh rootie / Wop bop a loo bop a lop bom bom!» y el pequeño Vasin nunca volvió a ser el mismo.

Aquella revelación lanzó al mocoso ruso a visitar callejones buscando dealers de música para descubrir nuevos sonidos hasta tropezarse con el cuarteto británico que se convertiría en su religión y única razón para vivir: The Beatles. En la moderna San Petersburgo, aquel fanboy extremo se ha convertido en una personalidad mundialmente reconocida.

Un coleccionista obsesivo que lleva sesenta años celebrando la música, una persona que confiesa estar tan dedicada a su hobby como para que le resulte imposible conservar trabajos a largo plazo o formar una familia y alguien que habita un apartamento, sobrecargado hasta el absurdo de artículos basados en los Beatles, desde donde sueña con erigir un gigantesco Templo de paz y amor en honor a John Lennon.

Vasin afirma que en realidad Lennon nunca llegó a morir y se fugó a escondidas hasta el norte de Italia, un lugar desde donde ha publicado treinta y cuatro nuevos álbumes, grabaciones que «suenan a John Lennon, con un ligero toque japonés».

Probablemente, Kolya Vasin cree realmente que lo que cuenta es cierto, porque ese es el efecto que tiene la música cuando se talla en los huesos de la gente.




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