domingo, 3 de junio de 2018

¿Quieres un consejo?: para no resultar engreído, no des consejos

Muchos hemos soñado con agradecer algunos consejos con un par de puñetazos. Es una fantasía calenturienta que nos avergüenza como si fuera una parafilia. ¿Te dan un consejo y, encima, quieres dejarle un ojo a lo mapache? ¡Qué inmoral y desagradecido!. Al final uno se siente tan inútil como culpable… Pero, ahora, unos investigadores han descubierto qué se oculta detrás de quienes tienden a regalar consejos a discreción, y resulta que tenemos razón: se merecen algún tipo de correctivo.

Los expertos no lo han dicho exactamente así. El estudio Advice Giving: A Subtle Pathway to Power ha encontrado que detrás de la palabra amable de un consejero espontáneo hay, en muchas ocasiones, una sed de sensación de poder.

«Me ha sorprendido que las personas no solo dan consejos porque tienen buenas intenciones. A veces, una persona puede aconsejar como parte de un juego de poder, como una forma de enfatizar diferencias jerárquicas, de sentirse más poderosa o mejor consigo misma», afirma uno de los autores, el doctor en Psicología Michael Schaerer.

De modo que ese amigo o colega que te orienta –empático, implicado, ofrecido– y que posa su mano en tu hombro, puede esconder un principio de mala fe. El estudio no habla de una vocación ofensiva, sino de una necesidad de autobombo y dominio. Sin embargo, ¿es posible disfrutar del dominio sin, colateralmente, agachar o humillar al otro en cierto grado?

El consejo como elemento destructor. 
Tu colega puede llamarse Juan o Nicasio. Tipos como él abundan: no pertenecen a ninguna tribu urbana ni generación concreta; son transversales. Te indican con soltura lo que tienes que hacer o, más bien, lo que «deberías hacer», porque la guinda de la sensación de poder se esconde en el hecho de limpiar toda carga impositiva del consejo. La apariencia de «buena intención» convierte una molesta intromisión en un acto solidario y, por tanto, irreprochable. Es, resumiendo, la tocada de huevos perfecta.

Funciona así (por ejemplo, en una conversación sobre el futuro profesional): te dicen dónde está la luz (por defecto, te hacen ver que vives en la sombra) y te sugieren que te encamines hacia ella si no quieres seguir hundiéndote en el abismo. Ese abismo, por cierto, no tenía por qué existir; lo crean ellos solos al formular ese consejo que nadie les ha pedido. Pero suena grave. Por tanto, te lo tragas, te asustas, escuchas.

Entonces el otro, ese tal Nicasio Juan con barba y Converses, desarrolla la idea y te explica mejor por dónde van los tiros. Casualmente, los tiros van siempre de su lado.

Ejemplo: si eres escritor y él, fotógrafo, te dirá que necesitas fotos de calidad de tus textos o de ti escribiendo o del bolígrafo levitando. No se contentará con señalar que eso te ayudaría a mejorar tu visibilidad, sino que forzará la máquina: «Aunque escribas tan bien como Dan Brown [por supuesto, no mencionará ningún escritor de calidad, porque no conoce tu oficio ni le importa], sin buenas fotos… puff… No sé, te lo digo por tu bien». En este punto puedes comprobar el nivel de calidad del consejero: la excelencia está en decir «por tu bien» con carita de dolor, pena y cautela.

Y tú, el aconsejado, el receptor de la presunta buena fe, acabas de dos modos. O bien mirando un catálogo de cámaras réflex y llorando tus 10 o 20 años de formación tirados a la basura; o bien fantaseando con dejarle a tu amigo (mano abierta mediante) una bonita mirada de mapache.

La ambición se esconde tras la buena fe
La experiencia propia movió a Michael Schaerer a estudiar el asunto. Desde sus primeros días en el programa de doctorado, recibió consejos de profesores, asesores y de otros estudiantes. «Normalmente me resultaban muy útiles, pero otras veces no tanto. Así que me pregunté qué motiva a la gente a dar consejos», recuerda el psicólogo.

Pensó que muchos eran bondadosos, «quieren que lo hagas bien y que tengas éxito». Pero también detectó ciertos engranajes de egoísmo o narcisismo: «Algunos alardean de un bagaje superior e intentan influir en tus resultados».

La investigación constó de varios experimentos. En el primero, seleccionaron a 300 participantes por internet. Les pidieron que recordaran alguna ocasión en que dieran consejos a otros y les preguntaron qué nivel de poder les había hecho sentir.

«Independientemente de si pensaban en consejos solicitados o no solicitados por el interlocutor, siempre se sentían más poderosos que aquellos a quienes se les planteó que pensaran en un evento neutral como una conversación», especifica Schaerer.

En un segundo caso, entrevistaron a 94 empleados de una organización. Los investigadores controlaron variables como la posición jerárquica dentro de la empresa para descartar otras motivaciones ajenas al factor psicológico. El resultado se replicó: dar consejos insufla poder, sobre todo, cuando el receptor sigue la indicación.

Los últimos experimentos ampliaron el hallazgo. El equipo comprobó, cuenta Schaerer, que las personas con un comportamiento más político, las que tienden a involucrarse en negociaciones, son más propensas a dispensar lecciones. El estudio consiguió cerrar el vínculo entre ambición y la hiperactividad consejera.

¿Y qué pasa con quienes reciben estas sugerencias envenenadas? El equipo no se enfocó en los receptores, pero Schaerer desliza alguna deducción: «Uno podría especular que, dado que el poder es relacional y un recurso limitado en una determinada relación, si alguien se siente más poderoso, el otro menos. Es posible que cuando alguien recibe consejos no solicitados se sienta incompetente».

Que te hagan sentirte incompetente, así, gratuitamente, provoca rabia, escozor, ira homicida… Asoman deseos de venganza, pero sirven de poco. Un consejero experto es impermeable como una pelota hinchable para la playa. Además, también rebota y no deja nunca de rodar. Enseñarles un artículo como este no causará efecto. Nicasio Juan nunca se sentiría identificado. Además, el estudio de Schaerer te parecerá irrelevante. No lleva una sola foto.





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