domingo, 3 de junio de 2018

Ser malos es mucho mejor

Es la escena más repetida del wéstern, pero siempre funciona. El campesino bueno, marido sumiso y entrañable padre de sus hijos sufre, junto con sus vecinos que tanto le aprecian, los abusos de unos matones que han llegado al pueblo para esquilmarlos.


Al principio se traga todo. Burlas, empujones, acoso… Porque él es bueno y no quiere problemas. Hasta que un día a los malos se les va la mano en el bullying y cruzan la línea roja. Entonces el bueno regresa a su casa. Abre el viejo arcón y ahí están: el sombrero con tachuelas, la camisa negra, el chaleco de cuero y la canana repleta de balas junto a los dos revólveres calibre 45 diseñados por S. Colt en 1873.

Lo que viene a continuación ya se sabe. La música se viene arriba y el bueno, que ya no es bueno, se dedica a mejorar el negocio del enterrador del pueblo. Finalmente, cuando no queda títere con cabeza, los habitantes del mismo salen de sus casas agradecidos de tener entre los suyos a un malo más malo que todos los malos.

Este es el tema que subyace en tan repetida trama: ¿por qué ser malo mola más que ser bueno? Es más admirado, más temido, más sexi.

La pregunta no es banal. Todos esos adolescentes, siempre varones, que entran en su instituto estadounidense disparando a diestro y siniestro, no hacen otra cosa que repetir esa épica cinematográfica en el mundo real. Con cada compañero asesinado nos dicen: «Yo no soy ese chico introvertido, blando y aburrido que piensan. Yo soy el bueno-malo, capaz de las mayores atrocidades si en ello está en juego mi reputación».

El bueno-malo es uno de los iconos más sofisticados del relato machista y que ha sobrevivido con mayor profusión y nitidez a través de la historia. Nace, como todo descarrío, de una pérdida. La del poder del antiguo cazador, reconvertido en agricultor. Su vida activa, violenta y aventurera se ve sometida a las nuevas necesidades de supervivencia de colectivos más amplios y a una relación más igualitaria con sus semejantes.

Por eso de vez en cuando necesita recordar que aunque él ya es no el macho alfa de antaño, que nadie se lleve a engaño. Porque en caso de ser necesario, ahí están su par de pistolas para devolverle el cargo.

Es un delirio, pero como tal, un delirio peligroso. 

Volviendo a las películas del Oeste, resulta curioso que la primera escena en la que se ve el hombre bueno en pantalla, siempre suele ir tirando de su arado bajo un sol agotador. Algo muy poco apetecible tras su glorioso pasado. Por eso, la pulsión del retorno a la caza siempre está latente.

El nacimiento de la agricultura nos hizo mejores. Más relajados, más organizados, más cultos. Pero la supervivencia del «malo exterior», el que venía a robarnos la cosecha que con tanto esfuerzo habíamos obtenido, fomentó la permanencia del «malo interior». Eso nos protegió de la barbarie. Pero también ha impedido que esa misma barbarie desaparezca del todo en nuestra propia casa.

Una presencia que, además, disfruta de una amplia valoración social proveniente de esa exhaustiva exaltación cinematográfica. Ya lo dijo Mae West, buena-mala más famosa del género: «Cuando soy buena, soy muy buena. Pero cuando soy mala, soy mejor».




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