No dejes que te operen después del almuerzo

Primero, un acertijo. A un coleccionista de monedas le llevan una que tiene por un lado la cara de un emperador y por otro, la fecha, 540 a. C. Sabe que es falsa de forma inmediata. ¿Por qué?

Volveremos a esto en el final.

Imagina un hospital en el que es tres veces más probable que te inyecten una dosis letal de anestesia, en el que tienes más posibilidades de morir en las 48 horas siguientes a la operación, en el que se detectan menos pólipos en las colonoscopias (y no porque no los tengas), en el que es un 10% menos probable que el personal de enfermería se lave las manos todo lo que debiera, en el que se recetan un 26% más de antibióticos innecesarios.

No querrías ni pisarlo. Y, sin embargo, es lo que dice la ciencia que pasa en los hospitales (al menos en Estados Unidos) entre las tres y cuatro de la tarde con respecto a la mañana.

No hay que entrar en pánico: los protocolos existen precisamente para eso, para reducir el margen de error humano al mínimo. No se trata de decidir si lavarse o no las manos, sino saber que hay que hacerlo cada tanto tiempo, tras cada paciente o antes de. Que un mal día o el simple hecho de que sea la hora de la siesta no signifique un mayor riesgo para el paciente.

Porque resulta que esa modorra de después de comer en realidad depende poco de la hora de la comida. Según cuenta Daniel H. Pink en su libro When: The Scientific Secrets of Perfect Timing (saldrá en octubre en español con el título de ¿Cuándo? La ciencia de encontrar el momento preciso), multitud de estudios muestran que esas horas, entre las dos y las cuatro de la tarde, son las peores no solo para entrar en un hospital (pero las negligencias siguen siendo la excepción y los médicos son grandes profesionales, que nadie se confunda), sino también para intentar ser productivos, conducir o tomar decisiones en general.

Por ejemplo: en Reino Unido, los accidentes relacionados con el sueño se doblan entre las dos y las cuatro (también de madrugada). Las 2:55 p.m. son el momento más improductivo del día (las 10:26 a.m., el más productivo).

Es también mucho más probable que mintamos a estas horas que por la mañana, cuando nos es más fácil resistir la tentación. Y hay quien sostiene que el inexplicable hundimiento del Lusitania, fruto de dos decisiones cuasisuicidas del capitán Turner, se debió a que tomó esas decisiones a primera hora de la tarde.

La solución de todo esto es sencilla: retirarse del mundo durante esas horas, como hemos hecho parece que sabiamente los pueblos del sur de Europa de forma tradicional. Salir de la oficina para comer y que ese descanso dure más de media hora. Y, sí, echar una cabezadita.

Aquí Pink cita un estudio de la NASA, porque defender nuestro derecho a siesta a veces requiere recurrir a un «lo hacen los astronautas»: según ese estudio, los pilotos que duermen hasta 40 minutos de siesta, mejoran un 34% su tiempo de reacción y doblan el estado de alerta.

El cronotipo: alondras, búhos y el tercer pájaro
Esa caída en nuestros niveles de funcionamiento –si fuésemos personajes de videojuego, a las tres de la tarde tendríamos todas nuestras barritas de vidas, energía y fuerza parpadeando– es común a toda la especie, sin importar lugar de origen o cultura. Pero es cierto también que la energía con la que contamos a lo largo del día depende de nuestro cronotipo.

Hay, como siempre se ha sabido, personas nocturnas (búhos) y matutinas (alondras), pero hay también un tercer grupo que es el mayoritario: gente normal, con normal entendido aquí como término medio y más habitual, que ni se despiertan de forma natural a las cinco de la mañana ni tienen sus mejores horas a partir de la medianoche. El autor los llama el «tercer pájaro».

Ese grupo de gente normal, según los estudios consultados por Pink (a lo largo de varias décadas y en distintos continentes), está formado por entre el 60% y 80% de la población. El cronotipo, además de genético, depende también de la edad, por lo que va cambiando: somos alondras hasta la adolescencia, cuando nos convertimos en búhos. A partir de los 20 vamos convirtiéndonos en ese tercer pájaro y, a partir de los 60, volvemos a ser alondras.

La energía, humor y estado de alerta del tercer pájaro sigue un patrón con dos picos en los que estamos en el mejor momento: uno sobre las 11.00 o las 12.00, otro alrededor de las siete de la tarde. Las 15.00 son una bajada general en todo, pero no es en realidad el punto más bajo: nada más despertarnos estamos mucho peor que a la hora de la siesta.

La alondra es igual, pero todo un poco antes. En cuanto a los búhos, tienen el patrón al revés, con el punto álgido a última hora de la tarde. Pero la caída de la hora de la siesta se mantiene.

Qué hacer a las tres de la tarde
Todo esto no significa que debamos desaparecer del mundo entre las dos y las cuatro, apagar los teléfonos y evitar hablar con nadie. No todo el mundo es capaz o puede, por cuestiones de horarios, dormir la siesta y tampoco es que nos convirtamos en seres peligrosos que van creando el caos allá por donde van (de mal humor, medio dormidos, provocando accidentes de tráfico, mintiendo y rompiendo con todo).

Hay algo que sí hacemos mejor a las tres de la tarde que a las diez de la mañana: ser creativos. Esto tampoco es ninguna sorpresa: todo el mundo ha tenido grandes ideas cuando ya estaba cansado y solo quería dormir, estando tan pasado de rosca que apagaba la parte racional del cerebro y todas sus inhibiciones y diciendo cosas que ni loco habría dicho a la hora del café de media mañana.

Es el momento en el que damos rápidamente con soluciones que requieren más percepción que raciocinio, más momentos de iluminación y «¡eureka!» que pasos lógicos. Por ejemplo, acertijos como el que empieza este artículo.

Un estudio cogió un grupo de personas que aseguraba pensar mejor por la mañana y los dividió en dos: a unos les planteó el acertijo entre las 8:30 y 9:30 de la mañana, a otros entre 4:30 y 5:30 de la tarde. Y fue este último grupo, el que contestaba cuando su cerebro no estaba en tan buenas condiciones, el que acertó más (¡el doble!) que los de la mañana. Los búhos, por cierto, posiblemente acertaran entre 8:30 y 9:30, ese momento en el que casi les parece una tortura tener que estar despiertos.

La solución es de esas tan simples que hace que nos sintamos tontos si no hemos llegado a ella: en el año 540 a. C. no ponían esa fecha porque, vaya, no sabían que Cristo iba a nacer 540 años después.





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