domingo, 12 de agosto de 2018

No tenemos ni idea de dónde están la vulva y la vagina

¿Sabrían ustedes señalar exactamente dónde se ubica la vagina y la vulva en el cuerpo de una mujer? ¿De qué modo entender algo si ni siquiera sabemos designarlo? ¿Cómo pueden las niñas entonces nombrar lo que les sucede cuando sufren abusos sexuales? La vulva es el conjunto de los genitales femeninos: incluye los labios vaginales, el clítoris, la abertura vaginal y el orificio uretral (por donde se orina). Si bien la vagina es solo una parte de la vulva, muchas personas dicen “vagina” cuando, en realidad, están hablando de la vulva.

Algunas de estas cuestiones son las que se plantea Mithu M. Sanyal en su libro Vulva. La revelación del sexo invisible publicado por la editorial Anagrama, un ensayo revolucionario que pretende reconstruir la significación cultural del genital silenciado.

Baubo y el origen
Sanyal señala en la introducción de este libro el pertinaz esfuerzo que han realizado algunos hombres a lo largo de la historia para invisibilizar al genital femenino. No solo de un modo físico, también lingüístico.

Desde Aristóteles, que afirmaba que solo el hombre disponía de suficiente energía para desarrollar partes completas, pasando por Galeno que percibía el genital femenino como un genital masculino invertido, hasta Lacan que pensaba que «no existe ninguna simbolización del sexo de la mujer como tal».

Muchos de los intelectuales y referentes del pensamiento de todos los tiempos han considerado que el sexo femenino no era otra cosa que la ausencia del mismo.

«La vulva es descrita como agujero, espacio en blanco o nada. En el mejor de los casos, como un pene insuficiente», escribe Sanyal.

A partir de aquí, de este penoso punto de partida, la autora alemana de origen hindú traza una minuciosa historia cultural de Occidente a través de la representación del genital femenino en la vida cotidiana, el folclore, la religión, la medicina, la mitología, la literatura y el arte.

Las conclusiones a las que llega son sorprendentemente reveladoras. Por ejemplo, que «en la mayor parte de las mitologías pueden encontrarse historias en las que la humanidad ha sido salvada al menos una vez por la exhibición de la vulva».

Todo comenzó con Iambe o Baubo, una diosa anatolia que fue adoptada por los griegos y que aparece en el Himno homérico a Deméter.



Baubo aparecía entonces para salvar a los hombres que están a punto de morir de hambre tras la llegada al inframundo de Perséfone, diosa de la agricultura y los cereales.

Llega entonces la ceremonia de la revelación del genital femenino como parte esencial de los rituales en honor a Deméter: «Después de que Baubo hubiera hablado, alzó su peplo y mostró aquello que su cuerpo tenía de más obsceno». Como resultado, recuperan la cosecha y los malos augurios se diluyen.

Calcuta, "
yoni" del mundo

Sanyal es de origen hindú y el análisis que realiza de la representación de la vulva en la cultura de este país es especialmente esmerada.

Explica, por ejemplo, que en la India los templos están adornados por imágenes de diosas desnudas. Del mismo modo que los fieles católicos introducen sus dedos en un cuenco con agua bendita para santiguarse, en estos templos los fieles tocan la vulva de la diosa y con esa supuesta secreción femenina sagrada se protegen.

Y si en el cristianismo adoran a la virginal María (a cuya vulva, por cierto, dedican una disciplina concreta: la teoginecología), en la India tienen a Kali, una diosa poderosa, impúdica y carnal. Casi siempre es representada junto a su esposo Shiva.

Ella se sienta sobre él durante el acto sexual y él, relajado y pasivo, le sonríe. En su libro India y sus habitantes (1853), Caleb Wright escribió: «Esta deidad es la santa patrona declarada de las más horribles transgresiones contra la paz social».

Dicho de otro modo, a Kali le fueron atribuidos orgías y sacrificios sangrientos en los que utilizaba su vulva como arma devastadora.

Sanyal apunta que el concepto de colonialismo podía entenderse en clave de género: «Occidente se concebía a sí mismo masculino, lógico y activo al tiempo que imaginaba el Oriente como pasivo, irracional o peligroso y engañoso; en cualquier caso, como una mujer que debía ser conquistada y poseída».

Y en esta metáfora tan precisa, Calcuta –como puerta de entrada de los ingleses en India– era, en palabras de la novelista Poppy Z. Brite, «el coño del mundo».

Aunque «coño» no era la palabra que empleaban en la cultura hindú. Había otra más exacta cuya definición no era sencilla. Esa palabra era yoni.

Ajit Mookerjee, director del Museo de Arte de Nueva Delhi, explica que «el yoni es alabado como lugar sagrado, como un punto de transferencia de fuerzas sutiles, la puerta de entrada a los misterios cósmicos».

En este sentido, es complicado encontrar una traducción certera en cualquier idioma europeo, pues la palabra yoni acoge al genital femenino y «lo valora positivamente con todos los atributos que le fueron arrebatados en Occidente durante siglos de represión».


Leyendas de la vulva

Son muchas las leyendas acerca de la vulva que este libro recoge. Una de ellas se ubica en Japón, donde dos mujeres son perseguidas por dos diablos. Ellas corren e intentan escapar de esos seres perversos en una barca, pero ellos son más rápidos.

Cuando un final terrible se acerca, aparece una diosa y les indica que deben descubrirse y mostrar sus órganos genitales para ahuyentarles. Ellas no le creen, así que la diosa les muestra su vulva. Al ver que nada sucede, las dos mujeres le imitan y al momento los demonios huyen despavoridos.

El cuento de Blancanieves, por su parte, parece tener su origen en un ritual italiano: «una joven menstruante era bajada a una mina de hierro para que exhibiera su sexo productivo, del que brotaba la sangre en abundancia».

Volviendo a la India nos encontramos con un antiguo ritual matrimonial: durante la noche de bodas, la vulva de la mujer era untada en miel y el esposo debía arrodillarse y adorarlo. De ahí, cuenta Sanyal, podría venir la idea de honeymoon o luna de miel.

El caso de Salomé es significativo, pues fue una de las primeras mujeres que se convirtió en leyenda por utilizar su cuerpo en una danza que, a luces de todos, estaba maldita.

Según el historiador Tito Flavio Josefo, Salomé era una princesa judía, hija de Herodías y nieta de Salomé I.

Su danza de los siete velos para seducir al rey Herodes Antipas a cambio de la cabeza de Juan el Bautista se hizo tan universal que Caravaggio, Oscar Wilde, Audrey Beardsley o Richard Strauss la convirtieron en heroína de la pintura barroca, del teatro, la ilustración y la ópera, respectivamente.

Salomé encarna a esa mujer que no puede hablar («¡Atrás! ¡Mujer de Babilonia! Por la mujer vino el pecado del mundo. No me hables. No te escucharé») ni mirar («¿Quién es esa mujer que me está mirando? No quiero que me mire»), pues en su danza estaba el origen del mal.

Porque durante mucho tiempo se extendió una idea, según la cual, si las mujeres disfrutaban tanto bailando era porque de esa manera podían reprimir mejor su histeria innata, su «irritabilidad neuromuscular».

Gypsy Rose Lee y el tanga
Siguiendo con la danza y el baile llegamos al streaptease y al burlesque, dos disciplinas que Gypsy Rose Lee, una artista de mediados de 1900, dominó a la perfección.

Conviene poner de relieve que el streaptease había sido objeto de análisis de intelectuales. Quizás el más conocido sea el ensayo que Roland Barthes le dedicó en su libro Mitologías. Según Barthes, el objeto del streatease no era otro que «vacunar al público con una pizca de mal para poder arrojarlo enseguida (…) inmunizado».

Dicho de otro modo: lo que amenazaba al espectador masculino era el genital femenino que, a su vez, era definido como la falta, el lugar vacío, la nada. Esta idea de la amenaza ya se había registrado en múltiples culturas. En el mundo árabe, por ejemplo, existía la idea de que la vagina dentada podía arranca de un mordisco los ojos del hombre que la mirara.

En la mitología más antigua, Erimanto fue cegado por Afrodita tras haberle espiado en el baño. En el cristianismo, el niño que ve a santa Inés desnudada a la fuerza por otros hombres perdió la vista.

Sin embargo, la llegada de Rose Lee modificó el concepto del streatease, mutándolo en algo sustancialmente diferente: el «streatease intelectual», un término acuñado por el periodista John Richmond.

En sus espectáculos, Rose Lee se desnudaba al tiempo que opinaba sobre El Capital de Marx, la música de Brahms, las novelas de Joyce o hacía chistes sucios y bromas sexuales. Rose Lee puso de manifiesto algo que muchos ignoraban entonces: que una mujer desnuda también podía hablar y ser inteligente.

El éxito de Rose Lee fue tal que pronto escribió una novela titulada Los asesinatos del tanga. El libro, publicado en 1941, supuso una auténtica bomba editorial que azuzó conciencias y agitó morales. La sinopsis todavía fascina: un grupo de mujeres que forman una compañía de burlesque se ve sacudido cuando su estrella es asesinada.

Esta novela policíaca y protofeminista contaba con innumerables diálogos sesudos entre mujeres que, además, eran amigas, se ayudaban y comprendían.

Y todavía más, como apunta Sanyal: «(…) esas bailarinas no son en absoluto víctimas indefensas. Son glamurosas, graciosas, listas y, sobre todo, dan mucha guerra».

La fama de Rose Lee se extendió hasta llegar al Neo Burlesque con artistas como Lindzey Martucci: «Las artistas del Neo Burlesque quieren ambas cosas: vulva y raciocinio, sexo y política, pero sobre todo quieren devolver una vez más el tease dentro del strip bailando»

Vulva atraviesa todo tipo de representaciones en la parte final del libro –piratas punk, Riot Grrrl, Posporno– hasta desembocar en los años 70 con los happenings feministas en los que destacó la artista Carole Scheneemann, cuya performance Interior Scroll trascendería a todos los ámbitos de la sociedad de su tiempo.

Tras un striptease en el que señalizó con barro aquellas partes de su anatomía que le identificaban como mujer, Scheneemann sacó de su vagina un enorme papel enrollado que se asemejaba a un cordón umbilical; los desplegó y comenzó a leer un monólogo en el que denunciaba el trato que había sufrido su colega Hannah Wilke por parte de un conocido director de cine.

En esa misma década, en 1971, en plena efervescencia feminista, Germaine Greer publicó el ensayo Señorita, ama tu coño, uno de los primeros textos que indagaba en la representación cultural del genital femenino. Fragmentos como el que sigue inspiraron a Sanyal para escribir Vulva casi cincuenta años después:

«El sadismo es el resultado necesario de la creencia de que un sexo es pasivo y sufre el sexo en manos de otro. Si queremos escapar de cualquiera de los horribles efectos de esta mitología, efectos que incluyen la guerra y la pena capital, debemos recuperar el poder del coño».

Epílogo: la ablación
El epílogo de Vulva comienza con el reconocimiento por parte de su autora de un triple indicio que le indicó que debía escribir este ensayo: en primer lugar, Sanyal afirma que durante su adolescencia no tenía ni idea de a qué se parecía una vulva, ni siquiera la suya.

En segundo lugar, unos años más tarde, cuando visitó la biblioteca de Düsseldorf se percató de que le faltaban las palabras a la hora de describir y nombrar todo lo relacionado con el sexo femenino.

Por último, Sanyal describe así su tercera experiencia formativa: «cuando finalmente se hablaba de la vulva, se hacía en el contexto de la enfermedad o la reproducción o –para seguir con la aliteración– del abuso, el abandono y los malos tratos».

No es casual, por tanto, que en el final de este libro se mencione aquello que, literalmente, sí supone una amenaza para las mujeres: la ablación o la mutilación genital femenina.

¿Sabían que la última ablación de clítoris que se efectúo en Estados Unidos para «curar la masturbación» a una niña de cinco años fue en el año 1948?

¿Pueden comprender que en estos setenta años que han transcurrido el genital femenino sigue siendo, tanto en sentido figurado como en sentido concreto, un área ferozmente amenazada?

¿Entienden ya la importancia de señalar exactamente dónde se ubica la vagina y la vulva en el cuerpo de una mujer?






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