domingo, 5 de agosto de 2018

Una de las ciudades más lujosas, vacías, limpias, exageradas y extrañas del mundo

Turkmenistán, situada en el Asia central, formaba parte de la Unión Soviética hasta finales de 1991, fecha en que alcanzó la independencia. Su superficie abarca la del doble del Reino Unido. Su territorio está localizado entre el mar Caspio y el mar de Aral y casi todo es desierto, el de Karakum: no en vano su clima es subtropical desértico, de escasísima lluvia y de vientos secos y cálidos.

Limita con Irán, Afganistán, Kazajistán y Uzbekistán. Su censo de población en 2006 era de algo más de cinco millones de habitantes. Su moneda es el manat turcomano. Sí, turcomano, porque así es como se llaman también los habitantes de Turkmenistán.

Los turcomanos son musulmanes suníes y se les puede identificar fácilmente por su look: un sombrero telpek de piel de oveja, de color negro y de grandes dimensiones. También visten pantalones anchos, botas altas hasta las rodillas y abrigos de algodón. Les encanta manufacturar alfombras Yomut, que son muy elaboradas y coloristas, y que les sirven como distinción entre clanes.

Poco o nada se sabe de los turcomanos. Pero aún conocemos menos de su ciudad más poblada, su capital: Asjabad. La ciudad bien podría haber sido tragada por un agujero negro y ninguno de nosotros, aunque quisiéramos, nos hubiésemos enterado.

Hidrocarburos


Si a alguien es el responsable directo de las particulares características de Asjabad, sin duda esa persona es Saparmurat Niyázov. Desde que Turkeminstán obtuvo su independencia de la Unión Soviética, su primer presidente, Niyázov, se convirtió en una especie de dios que monopolizó todos los niveles del poder. Su dictadura de facto hizo que su Partido Democrático de Turkmenistán no tuviera oposición alguna y que se silencie la voz del disidente.

Los medios de comunicación y difusión están estrictamente controlados. Ningún grupo dedicado a la defensa de los derechos humanos puede actuar abiertamente en el país. No en vano, Asjabad ha sido declarada por la Organización de las Naciones Unidas como uno de los lugares más represivos y dictatoriales del mundo. Lo que, unido a su fastuosidad, convierte el país en una mezcla de cuento de los hermanos Grimm y un relato de Kafka.

Pero ¿de dónde se obtuvieron los fondos necesarios para concebir una ciudad tan lujosa? Los beneficios económicos resultantes del comercio de hidrocarburos (el país posee una quinta parte del total de las reservas mundiales) se usaron en su mayoría para financiar los programas de embellecimiento de la ciudad y culto al presidente Niyázov.

Si entramos a detallar la inmensa lista de exigencias y caprichos de Niyázov, la situación empieza a lucir ribetes esperpénticos. El Legislativo, formado por un Parlamento (Majlis) y un Consejo Popular (Halk Maslahaty) de más de 2.500 miembros, se limitó a refrendar sus deseos. Unos deseos propios de un dios infinitamente arrogante y caprichoso.

Los caprichos de un niño malcriado

Saparmurat Niyázov nació el 19 de febrero de 1940 en Asjabad, y 27 años más tarde se graduó como ingeniero energético en el Instituto Politécnico de Leningrado. Su carrera política tomó forma en 1976, cuando obtuvo su diploma de la Escuela Superior del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética.

Se convirtió en presidente vitalicio en 1999, pero no llegó al poder limpiamente sino amañando las elecciones. Su aspecto, como la mayoría de los dictadores, no se corresponde con su villanía: rostro rubicundo, expresión bobalicona y mejillas de muñeca pepona.

Sin embargo, basta con enumerar sus caprichos para descubrir lo que hay debajo de aquel aspecto aparentemente abacial.

Se hace llamar por el apelativo de Turkmenbashí (Padre de todos los Turcomanos, en la lengua local). Del mismo modo, al aeropuerto lo rebautizó con este nombre, y también la ciudad portuaria más grande de todo Turkmenistán. También reciben ese nombre muchos institutos, calles y pueblos.


El mes de enero pasó a llamarse Turkmenbashí; y el mes de abril empezó a llamarse igual que la difunta madre del presidente, Gurbansoltan, como también se llamó por decreto el pan. Por las mañanas, si queréis comprar una barra de pan caliente, ya sabéis lo que toca.

Como el presidente también es un amante de los melones, además de instaurar el día 8 de agosto como el Día del Melón, fiesta nacional, la variedad local del melón también recibe el nombre de Turkmenbashí. La única marca de vodka permitida en todo el país se llama Turkmenbashí.

En 1998, un meteorito de 300 kilos se precipitó sobre Turkmenistán. No hubo suerte y no le cayó encima a Niyázov. ¿Adivinas con qué nombre bautizaron al meteorito?
Niyázov redactó una especie de autobiografía novelada de corte épico llamada Ruhnama (Libro espiritual), un pastiche de 400 densas páginas donde se mezclan consejos espirituales, ficción histórica revisionista, mitos sufíes, pasajes líricos y recuerdos biográficos del propio presidente.

Se publicó en 2001 y es el libro oficial del país, habiendo fragmentos de él por todas partes, incluso acompañando a los versículos del Corán. Muchas bibliotecas solo tienen este volumen en sus estanterías.

Su lectura ha sido obligatoria durante años entre los escolares y funcionarios del país: los estudiantes de primaria dedican un día a la semana a leerlo; los de secundaria deben sabérselo de memoria, al igual que los ciudadanos que pretendan optar a una plaza de funcionario (el 99 por ciento del mercado laboral de Turkmenistán). Incluso, si lo que pretendéis es sacaros el permiso de conducir, además de saberos al dedillo el código de la circulación, deberéis recitar de memoria el libro de marras.

Por si fuera poco, existe una réplica de grandes dimensiones de la obra, de varios metros de altura, expuesta en una céntrica plaza. Todos los días, a las ocho de la tarde, se abre de par en par reproduciendo un vídeo con fragmentos de la obra, por si a alguien se le olvida su argumento encajado catequísticamente en sus mentes. Ruhnama también es el nombre con el que empezó a llamarse el mes de septiembre.

Sin duda, esta sería la fantasía más salvaje de cualquier escritor. Pero ser escritor en este país no es nada fácil, la verdad. En 1991, el presidente sustituyó el alfabeto cirílico de los rusos por el tradicional turkmeno, pero las letras están un poco alteradas por él: la primera versión del nuevo sistema de escritura incorporaba letras que en realidad eran los símbolos del dólar, la libra y el yen.

También hay un premio de poesía, el Premio Internacional Magtymguly, que también ganó Niyázov (el único miembro del jurado era él mismo).

Por si cabe ya alguna mínima duda sobre la excelencia de su libro, desde 2006 es obligatorio leer por decreto el Ruhnama para poder entrar en el cielo. Según palabras de Niyázov, «Quien lo lea tres veces se volverá más inteligente, reconocerá la existencia divina e irá directamente al paraíso». Algo así como leerse un grimorio de magia.

El Arco de la Neutralidad es el edificio más alto de la ciudad y está coronado por una enorme estatua dorada de la figura de Niyázov; recuerda vagamente a la torre Juché, de Pyongyang, en su altanería y aire kitsch.

Estructuralmente también recuerda a un cohete espacial, a una versión blanca y un poco más hi-tech del cohete con el que Tintín se fue a la Luna. En la punta de esta especie de torre Eiffel, la estatua dorada tiene nada menos que una altura de 75 metros.

Pero la egolatría no acaba aquí: para que siempre brille, para que siempre el sol arranque de la estatua ese fulgor tan cinematográfico, la estatua va rotando a lo largo del día según la posición del sol, así el rostro áureo de Niyázov siempre reflejará al astro rey.

Si visitando la ciudad no se te acaba indigestando la efigie del presidente, aún no habéis visto nada. Todos los billetes y monedas tienen impresa la cara redondita de Niyázov.

Si queréis beber para olvidar, ni se os ocurra tomar brandy porque en la etiqueta también aparece su fotografía. Ni lo penséis: en los paquetes de té, también. Ni siquiera si os refugiáis en casa estaréis a salvo de la omnipresente carita de niño hiperdesarrollado del presidente: en cuanto encendáis la televisión, ahí la veréis, porque las tres televisiones estatales de Turkmenistán incorporan su efigie en sus logos, en la parte superior derecha de toda pantalla; lo que en la televisión se conoce como mosca.

La medicina tampoco ha quedado a salvo del narcisismo de Niyázov. Reemplazó el juramento hipocrático de los médicos por el juramento Turkmenbashí. Para evitar que los pacientes se implantaran coronas de oro en los dientes, que eran muy caras y (según él) antiestéticas, ordenó a la población que masticara huesos para fortalecer la dentadura (imagino que quería ahorrar todo el oro posible para seguir construyéndose estatuas).

Más cosas locas
Saparmurat Niyázov

  • Impuso a los extranjeros el pago de una tasa para desposar a mujeres del país.
  • El himno nacional hace continuas referencias a Niyázov, para que os aburráis de él hasta la náusea.
  • Decretó un nuevo ciclo vital en el que la infancia terminaba a los 13 años y la adolescencia a los 25, tras la cual venía una nueva etapa que denominó edad profética, que duraba hasta los 49 años.
  • En abril de 2001 clausuró el teatro de la ópera y el ballet, las salas de conciertos y el circo por considerar que todas estas actividades artísticas y culturales eran ajenas al espíritu nacional turcomano. Prohibió que se maquillaran los presentadores de la televisión.
  • Ordenó una reforma del sistema de pensiones que suprimió de un plumazo la jubilación a 107.000 pensionistas, la mayoría campesinos y discapacitados. Organizaciones de derechos humanos rusos calificaron esta tropelía de genocidio.
  • Prohibió el uso de grabaciones en conciertos públicos en 2005 por un presunto efecto negativo sobre el desarrollo de las artes musicales, dejando en ridículo incluso a la SGAE.
  • Solo se puede tener un animal en propiedad, perro o gato.
  • Como si de una tómbola se tratara, existe un día en el que Niyázov concede indultos para demostrar que, en el fondo, no es tan mala persona. Por ejemplo, en 2005, 8.000 condenados fueron indultados, incluidos 229 extranjeros; y en 2006, dejó en libertad a 10.056 presos, entre ellos 253 extranjeros de 11 países.
El futuro sin él
El 21 de diciembre de 2006, la televisión estatal anunció la muerte de Niyázov a causa de un súbito paro cardíaco. Falleció, irónicamente, un jueves, que según el calendario que él mismo se había sacado de la manga, se llamaba Sogap gün (Día bendito). Sobre su muerte han corrido muchas especulaciones.

Algunos medios de comunicación, aunque admiten que el presidente tomaba una medicación específica para su enfermedad cardiaca, sostienen que en realidad fue víctima de un envenenamiento.

El 11 de febrero de 2007 se celebraron las siguientes elecciones presidenciales. Resultó electo, por el 89,2 por ciento de los votos, un tal Gurbanguli Berdymujamédov. Un dentista que probablemente fue elegido a dedo y del que incluso se dice que es el hijo no reconocido de Niyázov.

La oposición política sostiene, pues, que hubo fraude en las elecciones porque solo participó una cuarta parte de la población frente al 98,6 por ciento que fue referido en los datos oficiales. La cuestión fundamental, sin embargo, es que a grandes rasgos, el nuevo gobierno de Berdymujamédov ha ratificado la continuidad del rumbo político iniciado por Niyázov.

Afortunadamente ha llevado a cabo algunos pequeños cambios que la población ha acogido con entusiasmo y cierto grado de escepticismo, como la eliminación del nombre de Niyázov de la bandera nacional. Y la más importante, al menos a nivel estético: ha trasladado a las afueras de la ciudad la dichosa estatua dorada de Niyázov.

Desde diciembre de 2008, el rostro rubicundo y bonachón del expresidente ya no volverá a fulgir frente al astro rey, al menos a la vista de todos los transeúntes. Y actualmente, viajar a este lugar es cada vez más común, aunque no vale la pena hacerlo más de un par de días.

Las personas que han estado aseguran que es una ciudad inquietante, donde todo está muy limpio y es muy espectacular, pero apenas hay gente. Un plan desarrollado por el gobierno desplazó masivamente a sus habitantes a barrios con edificios soviéticos mucho más modestos.

Si quieres entrar como turista al país, existen dos opciones: hacerlo con un guía oficial o tramitar una visa de transito cuya duración máxima es de cinco días; y debes estar precisamente en tránsito hacia otro país, tal y como lo explican aquí. Oye, yo iría. Aunque fuera para comerme un melón el día del susodicho, el 8 de agosto.




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