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martes, 11 de septiembre de 2018

El curioso origen del sentimiento de vergüenza

La vergüenza (también llamada pena en México, Colombia, Panamá, Venezuela y España)​ es una sensación humana, de conocimiento consciente de deshonor, desgracia, o condenación. El terapeuta John Bradshaw llama a la vergüenza «la emoción que nos hace saber que somos finitos».​

Su sinónimo ignominia (del latín ignominĭa, cuya etimología remite a la «pérdida del nombre» —de in-nomen, «sin nombre»—) da a entender el efecto de una acción deshonrosa o injusta, términos de los que es sinónimo. La XXI edición del diccionario de la RAE la define como una afrenta pública, en el sentido en que constituye una ofensa personal que queda a la vista de una comunidad que la condena unánimemente. Por ello, la acción ignominiosa está relacionada con la desvergüenza y el deshonor de un individuo a quien las consideraciones morales le son indiferentes y que es consecuentemente objeto del descrédito general. Se suele emplear este término para denunciar una situación de injusticia, generalmente cuando se trata de la obra de un solo individuo que reúne cierta autoridad sobre una comunidad.

Todos nos hemos sentido avergonzados en más de una ocasión. Y no es una sensación agradable. Ahora, un estudio realizado por el University of Montreal and UC Santa Barbara's Center for Evolutionary Psychology, propone una interesante hipótesis para explicar el origen de este sentimiento.

Los investigadores proponen que la vergüenza podría ser una herramienta evolutiva que surgió en el pasado, en tiempos en los que no existían instituciones como la judicatura, la policía... En ese contexto (explican los autores) realizar una acción como robar comida, tenía un coste social. Quien la cometía sufría el rechazo y el desprecio del resto de los miembros del clan, y podría ser desterrado o aislado, lo que significaba que sus posibilidades de sobrevivir disminuían.

Por ese motivo (y siempre según esta tesis), anticipar ese sentimiento de vergüenza, podía evitar que esa persona cometiese una acción perjudicial para el grupo o, si ya la había realizado, podía intentar reparar el daño causado. Partiendo de esta hipótesis, los investigadores realizaron experimentos con miembros de catorce tribus o pequeñas comunidades de cuatro continentes distintos.

Y lo que descubrieron fue que, en todas ellas, la posibilidad de sentirse avergonzados por su mal comportamiento, era un sentimiento que empujaba a sus miembros a comportarse bien y a realizar acciones que les permitieran ser valorados positivamente por el resto del grupo. Es decir, el poder de la vergüenza parece ser universal.



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