Lee libros, eso te puede salvar la vida

Hay libros que pueden salvarte la vida real o metafóricamente, que pueden evitarte la cárcel, que pueden concederte deseos metafísicos. Algunos réditos que se obtienen de la lectura son difíciles de identificar, pero no es el caso de los siguientes ejemplos.

Religiosos
Algunas familias indias se dedican, generación tras generación, a memorizar los Vedas, que contienen los principios filosóficos y cosmogónicos de los pueblos arios y que han pasado a ser la base metafísica y ética del hinduismo.

Cada uno de los cuatro libros se transmitieron oralmente desde el principio, y por ello debían sabérselo de memoria y ser capaces de recitarlos incluso del revés, es decir, desde el final hasta el principio. En la India aún hoy existen familias cuyos patronímicos son Dvivedi (dos Vedas), Trivedi (tres Vedas) y Chaturvedi (cuatro Vedas), según el número de libros que dominen.

O en el caso del Corán: todo aquel que se sepa de memoria los 114 capítulos o suras recibe automáticamente por parte del islamismo el título de hafiz. El más famoso de los que han ostentado dicho título no era precisamente un seguidor fiel del Corán: un poeta persa del siglo XIV aficionado a las fiestas, a las mujeres y al vino (incluso escribía composiciones poéticas en honor a la embriaguez que provocaba el vino). Su nombre era Shams-ud-din Mohamed y debió aprenderse el sagrado libro tal como lo hacen los loros o algunos estudiantes que esperan a la última noche para prepararse el temario de un examen.

No hay que olvidarse de la Biblia, que también ha contado con obsesos de su lectura. El papa Gregorio VII (1020-1085) mandó quemar la biblioteca de Apolo Palatino para que los demás libros no distrajeran a los religiosos de la lectura del libro sagrado.

Aunque los motivos por los que el califa Omar (siglo VII) mandó quemar los 400.000 manuscritos de la biblioteca de Alejandría a fin de que se leyera más el Corán quizá tengan una lógica, digamos, más aplastaste: según Omar, los libros solo podían dividirse en dos clases, los que están de acuerdo con el Corán y los que no lo están. Los primeros deben destruirse por ser superfluos; y los segundos, por ser perniciosos.

Seglares
Incluso libros no religiosos han gozado de prerrogativas que ya quisieran para sí muchos autores. Es el caso de la obra de Eurípides.

Eurípides (Salamina, 480 a.C. – Pella, 406 a.C.) es uno de los tres grandes poetas trágicos griegos de la antigüedad, junto con Esquilo y Sófocles. Se cree que escribió 92 tragedias, conocidas por los títulos o por fragmentos, pero se conservan solo 19 de ellas, de las que una, Reso, se considera apócrifa.

Sus obras tratan de leyendas y eventos de la mitología de un tiempo lejano, muy anterior al siglo V a.C., de Atenas, pero aplicables al tiempo en que se escribió. La cuestión es que su obra tuvo tanto prestigio en la antigua Grecia que, en muchas ocasiones, se dejaba en libertad a los prisioneros que supieran recitar de memoria fragmentos de ellas.

Se cuenta que en el año 404 a.C., cuando los espartanos atacaron Atenas, sus generales perdonaron la vida a muchos vencidos porque uno de ellos recitó a la perfección un fragmento de los coros de la tragedia de Electra.

Un caso práctico contemporáneo es una novela de Agatha Christie, El misterio de Pale Horse. Según la química y divulgadora científica Kathryn Harkup, la exactitud con la que Christie describió los síntomas de la intoxicación por Talio en la novela salvó la vida de dos personas.



Todos los libros del autor
También hay libros que no deben leerse. Que pueden condenarte para siempre. Que pueden destruir sociedades. Al menos eso creen los que prohíben su lectura. Y, aunque parezca extraño, hay sociedades que solo permiten leer libros escritos por un mismo autor, solo por él, garante de las buenas costumbres.

El caso contemporáneo más parecido de veneración por lo que un autor escribe quizá sea el que ocurre en el reducto comunista de Corea del Norte. Allí existe una biblioteca en la que han sido expurgados toda clase de libros que puedan hacer pensar a sus habitantes o que amenacen sus esquemas de vida, idénticos a los de la Guerra Fría. Por si este control bibliográfico no fuera suficiente, la mayoría del fondo de la biblioteca solo pertenece a un mismo autor, al fallecido Kim Jong Il.

Pensarás: qué aburrido leer siempre el mismo libro, ¿verdad? No te preocupes, el dictador fue prolífico hasta el paroxismo. Ha escrito nada menos que 18.000 libros. Más de 18.000 libros escritos por su propio puño y letra. En serio.

Bueno, eso es lo que dicen. Porque esto supone que debió escribir un libro por día durante 49 años. Los miembros del régimen, totalmente lobotomizados, carentes del más mínimo sentido común, consideraban factible esta locura por un simple hecho: que su líder era una persona muy inteligente.

Este escenario surrealista sería muy apropiado para desarrollar una idea para una novela. Imaginad que, por error, se cuela en el monotemático fondo bibliográfico de la biblioteca de Pyonyang uno de tantos libros prohibidos, tipo 1894 de Orwell o El castillo de Kafka.

Un usuario de la biblioteca accede casualmente a la obra. La lee en cuatro ocasiones. Gracias a lo que allí descubre, empieza a contaminar con sus nuevas ideas las cabezas de sus familiares y amigos. En poco tiempo, gracias a las propiedades de diseminación de las ideas, los rumores y los chistes malos, finalmente se inicia una revolución contra el régimen y Corea del Norte se descompone por completo. Como si el libro hubiera obrado igual que un virus. Como un arma mucho más poderosa que todo el armamento nuclear del que dispone Corea del Norte.

Un libro que, ésta vez sí, salvaría vidas.
Sea cuál sea el libro que escojas leer, por sí mismo te salvará la vida en el sentido de que la alargará, postergando el sepulcro. Es lo que sugiere un nuevo estudio en la revista Social Science and Medicine llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Yale: personas que leen más de 3,5 horas por semana vivieron 23 meses más que las que no leyeron nada, independientemente de los factores de “género, riqueza, educación o salud”. Eso es una reducción del 20% en la mortalidad creada por una actividad sedentaria. 





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