Evita ser aburrido prestando atención a los demás

Ser o no ser… aburrido. Esa es la cuestión. Para averiguar si se es un plasta, no hay más que fijarse en algunas señales emitidas por el interlocutor y que son muy fáciles de identificar siempre que el ego lo permita.

Una de las frases favoritas de los concursantes de programas como Gran Hermano u Hombres, mujeres y viceversa es «a mí me gusta la gente que me dice las cosas a la cara». Esta reflexión, que aparentemente rebosa honestidad y sinceridad, lo que en realidad demuestra es que el que la pronuncia posee unas habilidades sociales un tanto mermadas.

Uno de los principales avances de la vida en sociedad es justamente no decirse las cosas a la cara. La buena educación desaconseja ese exceso de sinceridad que demandan esos concursantes para así evitar ofender a otras personas que, a su vez, evitarán ciertos comportamientos que puedan molestar a los demás.

Por eso, aunque todo el auditorio sabe que cuando el orador dice «seré breve» al inicio de su discurso no está diciendo la verdad, nadie se levantará para desmentirlo o abandonar la sala. Tampoco responderán con un clamoroso «sí» cuando a mitad de la intervención el hablante pregunte aquello de «¿Les estoy aburriendo?».

A cambio de esa educación y saber estar, los oyentes esperan que el orador esté pendiente de cuándo el público comience a impacientarse y a no aguantar más. ¿Y cómo lo hará? Prestando atención a una serie de señales no verbales fácilmente reconocibles:

  • Se distraen Si la persona con la que se está hablando mira el móvil, el programa del evento, el periódico, la televisión del bar o el artesonado del local, es señal de que comienza a aburrirse y que es hora de abreviar.
  • No se enteran En ocasiones, para dar énfasis a su discurso, el orador hará preguntas a los oyentes. Si estos no saben de qué les están hablando, tardan en responder o no saben qué decir, probablemente hayan desconectado hace un rato.
  • Ademanes extraños Una persona que se esta aburriendo suele mostrar gestos fácilmente reconocibles. Si no está erguida, cambia el peso del cuerpo de un pie a otro continuamente, resopla, bosteza, evita tener contacto visual con el interlocutor o incluso se despereza, lo mejor es cambiar de tema.
  • Frases vacías Si después de varios minutos explicando aquello que quiere contar, la única expresión que recibe por parte del interlocutor es un «qué interesante» pronunciado con apatía o un anodino «aja», está claro que ni el tema es tan interesante ni el interlocutor lo está disfrutando demasiado.
  • El rictus Si el interlocutor más que una sonrisa tiene un rictus de incomodidad, todo indica que no lo está pasando bien. Por el bien de todos, es momento de parar.
Como puede verse, todas estas señales son fáciles de identificar por cualquier persona medianamente atenta. Entonces, ¿por qué la gente continúa siendo aburrida? Sencillamente porque no se quieren ver esas señales.

Para algunas personas es muy difícil asumir que en un momento dado pueden ser aburridas. El ego lleva mal la idea de que lo que se esta compartiendo con otra persona carece de interés para ella y que incluso puede ser molesto. La razón radica en que se suele asociar el ser ameno con ser querido y aceptado por los demás. Sin embargo, esos sentimientos no tienen por qué ir necesariamente unidos en la realidad.

El mejor ejemplo de ello es la relación que unos padres mantienen con sus hijos. Aunque en muchas ocasiones los pequeños puedan ser realmente aburridos por carecer de una conversación compleja, por repetir siempre las mismas cosas y por requerir atención constante, lo que está claro es que los progenitores no dejarán de quererlos. De igual forma, que uno pueda ser aburrido en un determinado momento no conlleva necesariamente el destierro o el desprecio social por parte de los amigos y conocidos.

En consecuencia, es mejor asumir que en ocasiones se puede ser aburrido y estar atento a esas señales de alarma, que obviarlas y ser un pesado. No solo no te van a dejar de apreciar sino que, posiblemente, te aprecien más.





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