domingo, 29 de julio de 2018

El verdadero significado de los nombres de los personajes de Dragon Ball

Dragon Ball es una de las series anime más exitosos de la historia, al igual que uno de los mangas más conocidos en el mundo. Es difícil encontrar a una persona que no haya escuchado hablar de la serie o de Goku, ¿pero conoces el verdadero significado de los nombres de sus personajes, razas y habilidades?


Cuando el legendario Akira Toriyama creó Dragon Ball, en 1984, apenas tenía 29 años de edad. Entonces, se le ocurrió que los nombres de los personajes de su obra maestra tuvieran que ver con la comida, los alimentos y objetos que usamos en el día a día... incluso con la ropa interior.

Según explicó Toriyama en una entrevista, al crear al mayor villano de todos, Freezer (también conocido como Frieza), pensó en un refrigerador al nombrarlo, por lo que se le ocurrió que el resto de personajes también podrían estar relacionados a los alimentos, y los separó en categorías.
Los Saiyan son vegetales, así que cada uno de ellos tiene un nombre relacionado a algún vegetal, como veremos en la lista a continuación. Incluso la esposa de Goku en la Tierra, Chi–chi (o Milk, en Latinoamérica), también tiene nombre de alimento. En general, el origen de cada nombre es tan divertido y peculiar que es posible que jamás vuelvas a pensar en ellos como antes.

Este es el origen de los nombres de los personajes principales del universo de Dragon Ball

Los héroes y sus familias

Goku – Kakarot

El nombre natal de Son Goku es Kakarot, que en japonés se pronuncia “Kakarotto”. Kakarot es una manera diferente que se le ocurrió a Toriyama de escribir “carrot”, zanahoria en inglés. En cuanto a Goku, en Japón esta palabra se refiere a la cantidad de arroz necesaria para alimentar a una persona cada año, aunque también hace referencia al cielo. De hecho, el arroz es protagonista en la familia de Goku.

Chi–chi

Chi–chi, conocida en Latinoamérica como “Milk”, se traduce del japonés como “leche”, aunque también se refiere a los senos de una mujer (sí, en serio).

Gohan

Goku llamó a su hijo Gohan como tributo a su “abuelo”, el humano que lo adoptó tras llegar a la Tierra. Gohan significa arroz en japonés.

Goten

Goten es un juego de palabras con el nombre de Goku, reemplazando el kanji japonés de “ku” por el de “ten”. Si separamos los kanjis de Goku, su nombre se podría traducir como “entendiendo el cielo”. En el caso de Goten, significa algo similar a “entendiendo el paraíso”. En cierto modo, la idea de Toriyama pareciera como si fuera dar más grandeza a Goten.

Videl

El origen del nombre de la esposa de Gohan e hija de Mr. Satan tiene que ver con el diablo. Literalmente es una manera desordenada de escribir “Devil”.

Matemáticamente comprobado: Cuanto más corre Tom Cruise más éxito tienen sus películas

Que Tom Cruise corre mucho es una especie de chiste recurrente en el mundo del cine. Por alguna razón, el actor sale corriendo en muchas escenas de sus películas. En Rotten Tomatoes han descubierto una posible razón para esta pasión por el running: a la gente le gusta.


En Rotten Tomatoes han echado cálculos y las cifras son sorprendentes. Para empezar el bueno de Tom ha recorrido alrededor de 7.300 metros en pantalla. Lo curioso del asunto es que, a medida que aumenta su kilometraje, la taquilla del film aumenta de manera proporcional. Estas son las películas más exitosas de Cruise en Rotten Tomatoes, junto a la distancia que core el actor en cada una de ellas:
  • Mission: Impossible III – 979 metros
  • Mission: Impossible: Ghost Protocol – 934 metros
  • War of the Worlds – 534 metros
  • Minority Report – 476 metros
  • The Firm – 378 metros
  • Edge of Tomorrow – 324 metros
  • Jack Reacher: Never Go Back – 320 metros
  • The Mummy – 311 metros
  • Mission Impossible – Rogue Nation – 306 metros
  • Vanilla Sky – 253 metros
Por si sentís curiosidad por la metodología empleada parta este singular estudio. Lo que han hecho en Rotten Tomatoes ha sido medir la longitud de la escena en segundos y multiplicarla por una velocidad media de carrera bastante intensa (16 km por hora). Falta saber qué distancia cubre el actor corriendo en su nueva película: Mission Impossible: Fallout.




La tarde en la que terminó el mundo (Cuento)

La tarde en la que acabó el mundo se besaron en la ventana, enlazados el uno con el otro. La luz declinaba afuera, apagándose poco a poco: todavía era rojiza y dorada en la distancia, tras los edificios que se recortaban en ella, mientras las primeras sombras oscurecían los ángulos de calles y edificios. Abajo no había pánico, ni carreras, ni gritos de desesperación. Una multitud serena caminaba despacio por la ciudad: parejas abrazadas, niños que iban de la mano de sus padres, ancianos parados un momento en las aceras, que miraban alrededor como quien busca identificar un rostro o un recuerdo. En los semáforos destellaban intermitentes las luces color ámbar, los coches se dejaban en la calle con las puertas abiertas, y algunos de sus propietarios ni siquiera apagaban el motor antes de alejarse lentamente, sin mirar atrás. 

Las últimas tiendas se vaciaban, aunque nadie encendía los rótulos luminosos ni los escaparates. No había saqueos, ni disturbios; los policías caminaban en calma, despojándose indiferentes de sus armas y sus insignias. Los bomberos no tenían nada que hacer: estaban sentados en las escaleras de sus parques y en la puerta de los garajes, ociosos junto a sus camiones cromados y rojos, sonriendo a quienes los saludaban despidiéndose. Por toda la ciudad la gente se decía adiós igual que si fuera Navidad, estrechándose amable la mano o besándose en la cara. Casi todos sonreían serenos y melancólicos, como después de una cena o una fiesta agradable. En las aceras, inmóviles pese a no llevar correa ni estar atados, algunos perros aguardaban pacientes a sus amos, lamiendo las manos de los niños que, al pasar por su lado, los acariciaban.

El edificio estaba sin gente, desiertas las escaleras y vacíos los pisos. No había otro sonido que una música antigua, como de viejo gramófono, que sonaba en algún lugar cercano y llegaba a través de la ventana. En la habitación, el televisor estaba apagado. La luz decreciente oscurecía los lomos de los libros en sus estantes hasta hacer ilegibles las letras doradas de los títulos, y apagaba el rojo intenso del vino en las grandes copas de cristal que estaban sobre la mesa. Había un cuadro en la pared: un lienzo antiguo hecho de claroscuros, del que ya no podía verse otra cosa que trazos de sombras. Todo se oscurecía lentamente, y él propuso encender una luz; pero ella movió con infinita dulzura la cabeza y le puso dos dedos en los labios, como para rogarle que no pronunciase más palabras. De manera que permanecieron callados junto a la ventana, el uno junto al otro, haciéndose compañía en la última claridad del último día.

Se estaba bien allí, pensaron. Aguardando inmóviles y tranquilos mientras veían desvanecerse mansamente todo. Jamás, hasta esa tarde, imaginaron que pudiera ser así, en aquella inusitada paz desprovista de miedo o remordimientos. Alzaron la vista al mismo tiempo para mirar arriba, sobre la ciudad. En el cielo sin nubes ni viento, cuyo color cambiaba del rojizo nacarado a un azul cada vez más oscuro, más allá de la línea de edificios y tejados que se recortaba en el horizonte de la ciudad, se deshacía la estela de condensación del último avión que había cruzado el cielo del mundo. Cuando bajaron de nuevo los ojos, la calle estaba casi vacía. Entre la última gente que se decía adiós en las aceras vieron rostros que se parecían a los de seres queridos muertos mucho tiempo atrás. Y cuando la luz decreció más y la ciudad empezó a velarse definitivamente de sombras, todavía les fue posible distinguir al extremo de la calle, a lo lejos, la rueda del kiosco de feria que seguía dando vueltas silenciosas en el parque vacío, con un niño solitario subido a uno de los caballitos.

Él abrió la boca para decir una última palabra que lo resumiese todo, pero ella volvió a ponerle los dedos sobre los labios. Luego, estrechándose contra él, lo besó por última vez. Después se apartó un poco y volvió a mirar la calle casi desierta, los últimos transeúntes alejándose despacio por las aceras. Sonaba todavía, a través de la ventana, la música apagada del viejo gramófono. A lo lejos, en el parque, los caballitos de feria seguían dando vueltas en la penumbra, aunque el niño había desaparecido. Eso fue lo único que hizo que él sintiera, por un instante, un estremecimiento de melancolía, o de incertidumbre. Ella pareció advertirlo y se enlazó de nuevo a su cintura. Entonces él movió la cabeza, resignado, mientras sonreía a las sombras que ya lo anegaban todo. Luego le pasó a ella un brazo por los hombros, estrechándola contra sí. Y de ese modo, abrazados, muy quietos y serenos, vieron extinguirse la última luz.




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