domingo, 28 de octubre de 2018

10 características de los artículos de más éxito en Internet

  • 1.- Son enumeraciones
  • 2.- El titular siempre se centra demasiado en el uso de expresiones rimbombantes tipo “los mayores del mundo”, “los más importantes de la Historia” o “de más éxito en internet”
  • 3.- Pasado el primer par de puntos, la lista se vuelve divagante cuando no descaradamente repetitiva
  • 4.- Pasado el primer par de puntos, la lista se vuelve divagante cuando no descaradamente repetitiva
  • 5.- Su propósito no sólo es generar tráfico web, a menudo su objetivo es colar product placement, técnica publicitaria consistente en introducir productos específicos en contenidos creativos o en piezas informativas. Se trata de una técnica de dudosa efectividad, ya que todos sabemos que ningún producto hace sombra al amplio surtido de PIENSOS REBOLLEDO S.L., tradición e innovación desde 1978. PIENSO, LUEGO EXISTO, con PIENSOS REBOLLEDO S.L. La confianza. El tesón. La excelencia. PIENSOS REBOLLEDO, S.L. 
  • 6.- Acostumbran a ir ilustrados por alguna imagen con tirón sexual pero siempre dentro del decoro aceptable por los medios generalistas. Un escote con arte, un culaco prieto, una tableta de chocolate. Y ya. Todo safe for work. Si te pesca tu jefe, que le quede claro que estabas vagueando pero no te estabas pajeando
  • 7.- Contienen referencias a cosas frikis para ganarse la complicidad del internauta medio, algo muy recomendable. Aunque te parezca que las estás colando con calzador, no debes dudar en el uso de citas frikis. No lo intentes. Hazlo o no lo hagas, pero no lo intentes
  • 8.- No tiene por qué haber una total coherencia entre los puntos. Ser 100% coherente es propio de frikis obsesivos, es muy recomendable pasar de este tipo de minorías. Que quede escrito, nada de citas frikis, nunca
  • 9.- Contienen puntos sin sentido para hacer bulto y poder llegar a la cifra redonda especificada en el titular. No se dejan para el punto final, cantaría demasiado. Se ponen en el puesto penúltimo o así...
  • 10.- Al completar su lectura el lector se da cuenta de que se esperaba más y se siente un poco engañado, pero el clic ya está hecho.

Humor buscado







Raras e interesantes fotos de celebridades en el pasado

Sofía Vergara 1989  a los 17 años.


Stevie Wonder de 13 años actuando en Television House en Kingsway, 1963

Nick Nolte, de 20 años, fue arrestado en Omaha por vender tarjetas falsificadas en 1961

Christina Applegate, de 16 años, y la estrella de "21 Jump Street", Johnny Depp, llegan a un evento de caridad en 1987

Jackie chan 1974

John Travolta ensayando para "Saturday Night Fever" 1977.

El poder de las mareas







¿Por qué seguimos a los que seguimos en redes sociales?

Las redes sociales son un entorno tan particular que hasta el hecho de que un desconocido te siga no se entiende como algo a temer, sino más bien como algo a celebrar. Nos encanta que nos presten atención, y por eso las redes son, a la vez, plataformas de promoción y de captación: por una parte comunicas lo que haces y por otra te nutres de lo que otros hacen.

Lo que pasa es que para comunicar algo primero tienes que tener a alguien al otro lado, de la misma forma que esos otros a los que tú sigues necesitan que les escuches. Y en todo negocio, también en el de la atención, hay algunos a quienes les va mejor que a otros.

Es lo que se ha dado en llamar influencers, que vendrían a ser los líderes de opinión de toda la vida pero en un entorno digital. Gente capaz de aglutinar a su alrededor una comunidad activa de seguidores que no solo prestan atención a lo que se hace, sino que llegado el caso pueden hasta replicar comportamientos o seguir indicaciones determinadas. Pero ¿cuál es el proceso que un usuario sigue para establecer esa lealtad hacia otro?

La dinámica de creación de afinidades y liderazgos es algo estudiado durante décadas en psicología, solo que ahora se ha reformulado para adaptarse a una realidad cambiante: conceptos como influencia o persuasión ahora se leen como followers o likes.

También la sociología de la comunicación prestó atención a la forma en que la información se transmitía y el papel que desempeñaban esos nodos de liderazgo, ya fuera replicando o modificando lo que se emitía.

En el periodo de entreguerras ese estudio se limitaba a una vertiente propagandística, pero en realidad no es muy distinto a lo que muchos usuarios siguen haciendo hoy en día: leer a tal columnista, escuchar a tal telepredicador o seguir a tal tuitero porque reafirma sus postulados ideológicos y ofrece una línea argumental con la que se siente cómodo.

Los líderes de opinión ahora adoptan formas diversas. Hay publicaciones ideológicas, pero también hay instagramers de moda, youtubers que tratan la maternidad y tuiteros que pontifican acerca de los límites de la libertad de expresión.

Nada nuevo bajo el sol, salvo por el entorno en el que sucede: la revolución digital ha universalizado el acceso a ese estatus de líder de opinión, y por eso gente individual ha podido erigirse en posiciones de influencia que antes estaban reservadas a grandes marcas o a personajes relevantes dentro de la industria cultural.

Los estudios del comportamiento han ahondado durante décadas en las razones por las que el individuo sigue tendencias, pero también en los efectos de esa decisión. Se ha comprobado, por ejemplo, que la masa diluye la identidad del individuo, haciéndole capaz de contener su modo de ser y contagiarse por el del resto. Es lo que provoca, por ejemplo, que alguien tranquilo se exalte en la grada de un campo de fútbol, o que una manifestación pacífica acabe en una espiral violenta.

Hay otros estudios que, sin embargo, apuntan justo hacia lo contrario: los grupos tienden a hacer que las opiniones converjan en su mayoría hacia posiciones pactadas o, en caso contrario, se polaricen en bloques enfrentados entre sí.

Como seres sociales que somos, ese tipo de cuestiones nos ha acompañado desde el inicio de los tiempos. Las redes sociales han concentrado y aumentado el efecto, en tanto en cuanto son ágoras constantes, ubicuas y mediadoras: es difícil entender algunas partes de la sociedad actual sin los inputs de las redes. A fin de cuentas, son fuente de conocimiento, herramienta de interpretación de la realidad y hasta campo de batalla de opiniones encontradas. Y por todo eso han triunfado.

Pero al igual que sucede con todo lo que hacemos, los humanos decidimos hacer cosas porque nos reportan una recompensa: experimentamos placer al comer cuando tenemos hambre, al beber cuando tenemos sed y, en general, al satisfacer nuestras necesidades físicas más básicas. También, claro está, al ver nuestras necesidades afectivas cubiertas. Y lo mismo sucede con lo social: somos sociales cuando el grupo nos recompensa, y nos volvemos solitarios y esquivos si nos sentimos rechazados.

Por eso también funcionan las redes sociales: porque unos encuentran la recompensa de la repercusión, mientras que otros al menos encuentran un lugar donde opinar y sumarse a una masa en la que también están aquellos a los que siguen.

En comunicación toda esta línea de pensamiento se enmarca dentro de una línea de pensamiento conocida como teoría de usos y gratificaciones –no es tanto cómo las plataformas de comunicación influyen al usuario, sino también cómo utiliza el usuario esa plataforma, a cambio de qué y de qué forma le influye–.

El desarrollador Rameet Chawla llevó a cabo un curioso experimento al respecto: creó un script al que bautizó como Lovematically‘ (algo así como amor automático) con el cual se hacía like de forma indiscriminada en las fotografías de sus contactos en Instagram.

En poco tiempo los efectos se notaron: empezó a ganar decenas de seguidores cada día en su cuenta, llegando también a multiplicar las interacciones sociales reales de esos mismos usuarios. Se había vuelto más popular. En poco tiempo la red social censuró el script, pero las conclusiones parecían claras: había cierto retorno positivo en el refuerzo que suponía el «repartir amor» –como él lo bautizó– hacia otros usuarios.

¿Tan poderoso es darle al like? Según algunas investigaciones, tanto como el chocolate. Es, de hecho, algo adictivo. Eso, según los investigadores, provoca que muchos se enganchen a las redes. Y también genera justo lo contrario: la frustración al comprobar que no se tiene tanto éxito como otros o, en un plano diferente, al contemplar con envidia lo que otros muestran pensando por comparación que su vida es mucho menos apasionante.

Así las cosas, cada cual elige el motivo por el que sigue a otro: le interesa lo que dice, aprende de él, refuerza sus planteamientos o le inspira. La cuestión es que también necesita de algún tipo de recompensa por hacerlo y, en último término, para convertirle realmente en un líder.

Esto es, para dejarse persuadir, influir y en última instancia replicar. A fin de cuentas, el liderazgo «se construye desde dimensiones como la confianza, la experiencia, la similitud o el atractivo», según los investigadores.





Los arrepentidos inventores de las cosas mas odiadas de Internet

De inventores que se horrorizaron de su propia creación años más tarde, tras ver las consecuencias, la historia está repleta. Nobel, arrepentido padre de la dinamita; Einstein, que escribió a Roosevelt para aconsejarle acelerar el desarrollo de la bomba atómica (y luego lo lamentó); Kalashnikov, que preferiría haber concebido un cortacésped, como él mismo confesó años más tarde…

En definitiva, numerosos genios que emplearon la ciencia para producir avances, a veces increíbles, otras desafortunados, a los que después otros humanos dieron usos nefastos. O ideas que ya eran pésimas de por sí, pero fruto de un error que les perseguiría hasta la tumba.

Lo mismo ha sucedido durante la corta vida de internet en ciertamente no pocas ocasiones. Como es lógico, alguien inventó todo aquello que hemos llegado a odiar de las tres uves dobles, desde el spam hasta el dichoso autocorrector, pasando por la Comic Sans e incluso los emoticonos (o al menos el abuso de caquitas, berenjenas y risas aún más falsas que las enlatadas de una sitcom de los 90). Y ese alguien puede ver su creación con orgullo, vergüenza, hartazgo o una mezcla de las tres.

Ken Kocienda, el hombre que diseñó el revolucionario teclado digital del primer iPhone, ha admitido recientemente con humor las malas pasadas que una de sus más famosas creaciones, el autocorrector, nos ha jugado a todos. Se dice orgulloso de su trabajo en Apple, pero no tanto de haber traído al mundo un nuevo género de humor barato: en sus propias palabras, «la versión de la era smartphone del chiste de ‘toc toc’».

El padre del pop-up, ese insufrible anuncio que salta con la agresividad de un tigre sobre tu pantalla, se muestra menos compasivo con su propia obra. Hace unos años, Ethan Zuckerman agachó la cabeza y pidió perdón por haber contribuido a la creación de «el pecado original de internet», la publicidad invasiva que se ríe en la cara de tu privacidad. Afirma que sus intenciones eran buenas, que no lo vio venir.

Pero, seamos justos, ¿cómo iba él a imaginar los extremos a los que iban a llegar sus sucesores? Es más, ¿cómo iba a predecir que, años más tarde, nos obligarían a desactivar el adblocker si queríamos leer su disculpa? Terrible paradoja.

Entre los autores de involuntarias afrentas a la aldea global, algunos son incluso reincidentes. Lou Montulli, que formó parte del equipo de ingenieros que desarrolló Netscape, primer navegador comercial y precursor del actual Mozilla Firefox, tiene en su haber muchos honores, pero también un par de inventos que es difícil evitar reprocharle.

Suya fue la idea de crear esa etiqueta que inundó las webs de los 90 de texto parpadeante (la infame <blink>, que bien recordarán los webmasters veteranos), como si de la más hortera de las discotecas se tratase. Y también ha tenido que dar explicaciones por las cookies, una innovación necesaria y de agradecer, pero también la puerta abierta a tantas y tantas canalladas por parte de los que devoran datos personales con la voracidad del Monstruo de las Galletas.

De entonar el mea culpa no se libran ni celebridades como Tim Berners Lee, que se arrepintió de haber plantado un par de innecesarias barras diagonales entre el «http:» y las URL, principal fuente de errores al introducir direcciones de memoria. O Bill Gates, que considera la famosa combinación de teclas «Ctrl+Alt+Supr» para acceder a los ordenadores con Windows una equivocación, aunque le endosa la culpa a los ingenieros de IBM que desarrollaron el teclado.

«A veces me siento como el Dr. Frankenstein», reconocía el informático Scott Fahlman, padre de los emoticonos, mucho después de concebir la más universal y exitosa forma de comunicación no verbal de nuestro tiempo. «Mi criatura comenzó siendo benigna, pero ha tomado rumbos que no apruebo», se lamentaba.

Vincent Connare, que se inspiró en las letras de los cómics para diseñar la tipografía más vilipendiada del mundo, afronta el profundo odio que despierta su ínclita Comic Sans con una rara mezcla de orgullo, vergüenza y humor.

Simpatiza con los movimientos de protesta que han brotado en su contra, pero también defiende su obra y trata de ponerla en contexto: «Cuando la diseñé, no tenía intención alguna de incluirla en otras aplicaciones que no fueran aquellas diseñadas para niños». Que otros hayan mancillado desde lápidas hasta la presentación del hallazgo del bosón de Higgs con la ñoña tipografía no es culpa suya.

El tipo que decidió que los píxeles fueran cuadrados, y por lo tanto provocó que las imágenes se pixelaran de manera aberrante al agrandarlas; el desarrollador de Flappy Bird, que vio cómo el pajarito se le iba de las manos y tuvo que enjaularlo; o el hombre que escribió la interminable lista de reglas que debemos seguir para escoger una contraseña segura, y que ahora le parecen una absoluta pérdida de tiempo, son solo algunos de los muchos pioneros de internet y la tecnología que han tenido que agachar las orejas.

Ni siquiera los genios se libran de meter la pata. Al fin y al cabo, son humanos. De las pifias de los robots ya hablamos otro día.






Intrigantes imágenes de estructuras de árboles bajo el microscopio

Una nueva exposición en en el Museo Nacional de Historia Natural de Washington D. C., llamada Objects of Wonder, exhibe una maravillosa muestra de imágenes microscópicas de la estructura celular de diversos árboles: pinturas abstractas y formas matemáticas vegetales que se revelan cuando los troncos de distintas especies se someten a la luz de los microscopios.
Estas fotos "ocupan la laguna entre el arte y la ciencia, evocando antiguos tapices, pinturas de Klimt y constelaciones galácticas". Una de las grandes maravillas que la ciencia moderna nos ha regalado es revelarnos la existencia de todo un cosmos microscópico de complejidad, forma, color y consonancia que hace pensar en antiguas ideas como la de un microcosmos que refleja un macrocosmos.

La exposición permite observar hasta 4,637 especímenes, tomados de la colección de maderas de Archie F Wilson, la más grande del mundo en cuanto a especies arbóreas, la cual fue donada a este museo.







Frases que cambiaron el mundo

En Grecia no había eslóganes. Fue un tiempo de filosofía y reflexión y, en consecuencia, sintetizar la complejidad del mundo a través de una sola frase les resultaba impensable. Luego vino el Imperio Romano, que por su carácter militar sí precisó de una propuesta única y avasalladora. Por eso «Roma vincit» fue, tal vez, el primer eslogan de la historia.


Frente a esa propuesta tan hegemónica, el cristianismo aparece con el «Amaos los unos a los otros». Un cambio de valores radical para socavar al Imperio desde abajo.

Otras civilizaciones, a la vista del éxito de Roma primero y del cristianismo después, plantearon una combinación entre ambos. De ahí surgió «Alá es grande», un eslogan que mezcla la proclama militar y la invocación religiosa a partes iguales.

Y vuelta a empezar. «Proletarios del mundo, uníos» retoma el «Amaos los unos a los otros» adaptado a las necesidades revolucionarias del momento. Tiene un componente de solidaridad, pero también otro de movilización bélica.

Con la llegada de los totalitarismos fascistas, la figura del líder todopoderoso alcanza su punto más alto, y por eso el nazismo se dejó de ambigüedades gritando sin rubor «Heil Hitler» para enardecer a las masas.

El capitalismo, tras la victoria en la Segunda Guerra Mundial, privatizó y multiplicó exponencialmente el número de eslóganes. «La chispa de la vida» remarcó la nueva sociedad hedonista en la que todos íbamos a disfrutar de igual manera, y «Just do it» nos aclaró que eso iba a ser así, pero no sin el sobresfuerzo necesario.

Dado el éxito de los eslóganes en el mundo publicitario, la política los miró de nuevo con buenos ojos. Al principio, muy apegados a esas mismas ofertas comerciales. De hecho, la distancia entre el «Just do it» de Nike y el «Yes we can» de Obama está más en la forma que en el fondo.

Fue con la crisis económica y la globalización cuando aparecen nuevas propuestas basadas más en la añoranza del pasado que en un futuro prometedor. Los eslóganes comienzan a mirar hacia atrás y tanto el «Let’s take back control» del Brexit, como el «Make America great again» de Trump consiguen coincidir en una poderosa mezcla de indignación y melancolía.

Esta es una visión excesivamente sintética de la historia. Como los eslóganes. Pero es que eso es lo que son. Una llamada a la acción y no a la reflexión. Una arenga destilada que pretende convertirse el prêt-à-porter del pensamiento único para un consumo masificado.

Porque el eslogan nació así, como un grito para la batalla. Tal vez por eso nos dan tanta guerra cuando se acercan las elecciones municipales, autonómicas o generales. Siempre es lo mismo: la cara de un candidato con gesto de fotomatón y una frase casi siempre intercambiable entre los distintos partidos.

Esa es la tragedia del eslogan. Son tan cortos, tan simples que parecen fáciles de hacer, que casi todo vale. Pero lo cierto es que, si echamos cuentas, no sobran dedos en las manos para calcular cuántos, de verdad, cambiaron la historia.




¿Por qué a algunas personas no les gusta que las abracen?

Puede parecer o no increíble, pero lo cierto es que el contacto corporal no es recibido de la misma manera por todas las personas. En algunos casos, esta diferencia se origina en la cultura: como es sabido, algunas sociedades son más reservadas que otras, mientras que en algunas el cuerpo es un protagonista de todo tipo de intercambio social. 


Sin embargo, el contexto cultural podría no ser la única causa que explique las formas tan variadas en que una persona se expresa a través del cuerpo y, más particularmente, la dificultad o franca molestia que un individuo puede sentir al ser tocado espontáneamente por alguien más, incluso cuando se trata de un contacto afectuoso o amistoso. Hay quienes experimentan cierta incomodidad cuando reciben un abrazo, incluso si viene de alguien en quien confían y a quien quieren.

Este peculiar fenómeno ha sido explicado por un estudio realizado por los investigadores suecos Lena M. Forsell y Jan A. Åström, quienes analizaron el fenómeno del abrazo según se expresa en distintas culturas, así como la historia del gesto y sus efectos en términos psicológicos e incluso bioquímicos, para entender desde esa perspectiva todas las circunstancias implícitas en algo aparentemente tan sencillo como la acción de abrazar a alguien.

En ese análisis, los investigadores notaron que la reacción que una persona tiene frente a los abrazos está relacionada directamente con el entorno familiar donde creció.

De entrada, los niños que crecen en familias que no suelen practicar las demostraciones de afecto mediante el cuerpo repiten ese mismo patrón con otros niños y aun con los adultos con quienes tienen trato, al menos en los primeros años de infancia.

Sin embargo, al crecer puede ocurrir un fenómeno peculiar. Como señala Suzanne Degges-White, profesora de pedagogía en la Universidad del Norte de Illinois, en vez de preservar dicha conducta de reticencia frente al contacto corporal, los niños que crecieron en dicho contexto experimentan cierta “sed” y entonces se vuelven hacia el extremo opuesto, esto es, desarrollan la necesidad de acompañar toda muestra de afecto de algún gesto, desde un abrazo hasta una palmada en el hombro o algún otro ademán de ese tipo.

Con todo, es necesario tomar en cuenta que el ser humano, en tanto primate, es un animal social. Nuestros antepasados sobrevivieron gracias a la capacidad de formar comunidades y evolucionaron también por la fortaleza que encontraron en esa comunión. Sin duda, ese elemento también explica la necesidad de contacto corporal que experimentamos a lo largo de nuestra vida.





La forma de los ojos determina tus problemas de visión

No es solo por estar usando el celular todo el día, tampoco es únicamente por una cuestión genética, y mucho menos es debido a un castigo divino. Aunque no lo creas, la razón por la cual un gran número de personas tengan que usar lentes para ver, radica en el tamaño de su ojo y la forma de su córnea, lo que ocasiona afecciones como miopía, astigmatismo e hipermetropía.


Aunque no es una generalidad, la forma del glóbulo ocular afecta la manera en cómo el ojo recibe la luz y la convierte en imagen, cuyo proceso se conoce técnicamente como refracción. El tamaño de los ojos en un eje horizontal ya sea este más amplio o más angosto, es el que determina gran parte de los “errores refractivos”, el cual afecta la visión y hace que sea necesario que usemos lentes.

Si tienes un ojo alargado es más probable que llegues a ver borroso de lejos las cosas (miopía), mientras que si tienes un ojo más pequeño podrías ser más propenso a ver borroso de cerca (hipermetropía).

Si bien la forma del ojo no puede corregirse, estas condiciones pueden diagnosticarse fácilmente en un examen visual y tratarse con gafas correctoras o cirugía refractiva.

  • Miopía La miopía se refiere a la dificultad de ver claramente objetos distantes. Esto pasa porque el ojo enfoca las imágenes delante de la retina y no sobre la retina, que es lo que un ojo normal haría. El globo ocular tiene un tamaño horizontal más amplio de lo normal y evita que la luz que entra al ojo se focalice directamente a la retina lo cual también puede ocurrir si la córnea o el cristalino tienen una forma anormal.
  • Hipermetropía La hipermetropía es un defecto refractivo que dificulta ver claramente los objetos cercanos. Cabe mencionar que algunas personas con hipermetropía considerable pueden ver borrosos los objetos a cualquier distancia.
  • Astigmatismo El astigmatismo es la visión distorsionada debido a una curvatura anormal de la córnea, que es la superficie transparente que cubre el iris. La curvatura de la córnea de un ojo normal tiende a ser redonda en todas las áreas. La córnea de un ojo con astigmatismo tiene unas áreas más inclinadas o más redondas que otras, lo que tiene como consecuencia que las imágenes se vean borrosas o alargadas.





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