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domingo, 10 de marzo de 2019

Los países menos democráticos están creciendo más rápido en economía y sanidad

De los diez países con más rápido crecimiento en 2016, nueve de ellos presentaban una baja calificación democrática. Esto nos da una lección doble. Por un lado, que si bien la democracia es el sistema menos imperfecto de todos cuantos conocemos, la democracia tiene tantos errores (por ejemplo, Suiza fue uno de los últimos países de Europa en permitir que votaran las mujeres precisamente por un exceso de democracia) que se puede aspirar a democracias de mejor calidad.

La segunda lección es que debemos reivindicar la democracia como un bien sí mismo en lugar de como un medio superior para lograr otros objetivos que nos gustan, como una sanidad y una economía más robustas.

La democracia liberal es la mejor manera de gobernar un país, también la moralmente más aceptable, sí, pero los datos no sugieren que sea la mejor forma de obtener crecimiento económico o mejoras sanitarias, así como otras cosas positivas.

Nivel democrático
Para cruzar los datos de crecimiento económico y nivel democrático de un país se pueden usar, respectivamente, datos del Fondo Monetario Internacional (FMI) y del Índice de Democracia de The Economist.

Este índice otorga una nota de democracia, de menos a más, que oscila entre el 1 y el 10. La nota más baja de la lista, por ejemplo, es Corea del Norte, que tiene un 1,8. La más alta es Noruega, con un 9,93. España está en el puesto 19, con un 8,08, por delante de países como Japón, Estados Unidos, Francia, Bélgica o Italia.

Para considerarse una democracia plena se necesita una nota superior a 8, es decir, que todos los países mencionados después de España no son democracias plenas, y en el mundo, pues, solo hay 20 países que vivan en una democracia plena.

Sin embargo, según estos datos, solo una de las diez economías que más ha crecido a nivel económico en los últimos cinco años tiene una buena nota democrática. Veamos la lista, empezando por los que más rápido han crecido:

  1. Turkmenistán: 1,83.
  2. Etiopía: 3,60.
  3. China: 3,14.
  4. Mongolia: 6,62.
  5. Irlanda: 9,15.
  6. Uzbekistán: 1,95.
  7. Myanmar: 4,20.
  8. Laos: 2,37.
  9. Panamá: 7,13.
  10. Georgia: 5,93.
De hecho, las previsiones de crecimiento económico a nivel global sitúan a muchos países africanos como los líderes de este crecimiento. Sí, África. La lista está liderada por: Ghana, Etiopía, India, Costa de Marfil y Yibuti. Cada uno crece por diferentes razones, aunque el gasto público juega un rol importante en muchos casos.

De hecho, si buceamos en las razones que subyacen al crecimiento económico, cada nación nos dará unas respuestas diferentes. Porque no existe una magnitud única que analizar.

Sí, la democracia es deseable, pero no es lo único deseable. También es deseable un PIB per cápita elevado, una menor mortalidad infantil o una mayor libertad individual. Son todos factores que queremos que se generalicen, pero, por sí solos, no constituyen un indicador mediante el cual podamos medir el progreso de una nación. La realidad es mucho más complicada, como explica Hans Rosling en su libro Factulness:

Un país no puede funcionar sin un gobierno, pero el gobierno no puede solucionar todos los problemas. Ni el sector privado ni el público son siempre la respuesta. Ninguna medida única de una buena sociedad puede impulsar todos los otros aspectos de su desarrollo. No se trata de uno u otro. Se trata de las dos cosas y hay que ir caso por caso.

Democracia mal
Por todo ello, cuando convertimos la democracia en la magnitud principal para medir el progreso de un país, porque todo el mundo vota y, además, vota mucho, por ejemplo, aparecen sorprendentes aberraciones estadísticas. Como la ya mencionada Suiza, donde precisamente fue la democracia la que entorpeció que las mujeres pudieran acceder al voto hasta un reciente 1971, convirtiéndose en una vergüenza europea.

Por el contrario, una dictadura militar como Corea del Sur pasó de ser un país pobre a uno de los más ricos del mundo, siendo su crecimiento el más rápido de la historia (exceptuando los países que hallaron abundantes fuentes de petróleo).

Las democracias también pueden llegar a desestabilizar países, porque las personas no siempre votan desde la razón y no siempre disponen de toda la información necesaria (por eso, también el papel de los expertos, las instituciones o los gestores es tan importante como la democracia).

La democracia puede hacer que países ricos y prósperos, sobre todo, se vuelvan más inseguros. Paul Collier, profesor de Economía de Oxford, pone numerosos ejemplos de ello en su libro Wars, Guns and Votes: Democracy in Dangerous Places; o Fareed Zakaria en El futuro de la libertad: las democracias ‘iliberales’ en el mundo.

Según Collier, además, las elecciones democráticas por sí solas no equivalen a una democracia robusta. Lo más importante en una democracia no es introducir la papeleta en una urna, sino que existan instituciones que promuevan la rendición de cuentas que no sean fácilmente explotadas por elites cínicas y codiciosas. Así fue como en la antigua Yugoslavia populistas sin escrúpulos explotaron la democracia plebiscitaria en 1990 y 1991 para destrozar el lugar.

Por su parte, Zakaria abunda en casos de varios países del Medio Oriente, África y América Latina donde hay elecciones y partidos políticos, pero no libertades civiles como las que hay en Europa o Estados Unidos. Porque la soberanía popular sin el Estado de Derecho y el imperio de la ley dista de ser democrática.

O como afirmó William Yeats: «Los mejores carecen de convicciones y los peores están cargados de apasionada intensidad». O sintetizado por Isaiah Barlin, uno de los más grandes pensadores políticos del siglo XX, autor a su vez de Cuatro ensayos sobre la libertad: mayor democracia implica menor libertad individual.

Hay que enfrentarse al hecho, intelectualmente incómodo, de que la democracia y el liberalismo no se llevan bien; que pueden chocar entre sí de una manera irreconciliable.

Un 30 % de los estadounidenses no sabe quién gobierna en la Casa Blanca, la mitad ignora que cada Estado tiene dos senadores y las tres cuartas partes desconoce la duración de su mandato. Preguntar al pueblo qué futuro quiere para su país es el menos malo de los sistemas que conocemos, pero eso no significa que la democracia pueda mejorar (obligando, por ejemplo, a pasar un test que demuestre que al menos te has leído el programa político que vas a refrendar en las urnas).


La democracia, en sí misma, es buena. Como lo es la comida. Pero la epidemia de obesidad mundial nos demuestra qué mal estamos gestionando el acceso a las calorías.





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