Ser un mentiroso patológico afecta negativamente la salud

La mentira patológica no está considera una enfermedad por el International Classification of Disease de la ONU pero un grupo de investigadores pretende cambiarlo.


El término «mentiroso patológico» fue registrado por primera vez en 1891 por el psiquiatra alemán Anton Delbrük. Lo utilizó para describir a aquellas personas que contaban mentiras de manera constante sobre aspectos importantes de su vida.

Sorprendentemente, desde la clasificación del trastorno por Delbrük se ha investigado muy poco sobre este comportamiento, y menos aún sobre la dimensión patológica del engaño: ¿ser mentirosos es una enfermedad que afecta físicamente al organismo?

Por ejemplo, un estudio de 1988 indicó que este comportamiento es igual de común en hombres que en mujeres y que en el 40% de los casos la persona presenta una disfunción del sistema nervioso central.

La mentira patológica no está clasificada como enfermedad dentro del International Classfication of Disease de las Naciones Unidas, la lista que sirve como guía de diagnóstico para los profesionales en todo el mundo. Un grupo de investigadores de EEUU ha analizado las consecuencias sobre la salud que tiene ser un mentiroso patológico, y pretenden conseguir que se considere como enfermedad para poder examinar mejor sus causas y características y desarrollar tratamientos.

Drew A. Curtis, psicólogo de la Universidad Estatal de Angelo (Texas) y Christian L. Hart, psicólogo de Texas Womem’s University, seleccionaron a 623 personas de diferentes edades en universidades, foros de salud mental y redes sociales. El objetivo del estudio era identificar a aquellos que podrían tener un perfil de «mentiroso patológico» y analizar las consecuencias que tiene en su vida. Los seleccionados realizaron un cuestionario sobre la cantidad de mentiras que contaban al día y sobre si ellos mismos u otras personas los consideraban mentirosos.

El 13% de los participantes indicaron que ellos u otras personas los consideraban mentirosos patológicos. Según el estudio, este grupo de personas tenían más probabilidad de experimentar angustia y problemas a la hora de relacionarse. Todos ellos afirmaron haber mentido sin una razón concreta, y que todas las mentiras habían surgido de otra mentira inicial.

La mayoría de las personas dentro de ese 13% afirmaron que la primera mentira, a raíz de la cual surgieron las demás, se produjo durante la adolescencia y que no la podían controlar. Asimismo, después de mentir se sentían menos ansiosos. Los investigadores han encontrado relación con el comportamiento compulsivo.

El reconocimiento de este comportamiento como enfermedad por parte de la comunidad científica traería muchos beneficios, como la asignación de presupuestos para desarrollar tratamientos cognitivo-conductuales o farmacológicos.






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