Pena de muerte en Corea del Norte para quienes vean películas extranjeras

En Corea del Norte, ver series, películas o escuchar música extranjera es un delito que se puede castigar con pena de muerte.

En 2002, las autoridades de Pyongyang apenas estaban empezando a notarlo. Bajo el régimen de su líder supremo, tropas militares enteras tuvieron una única encomienda: encontrar cerca de 20 mil CD’s ilegales, cuyo contendido sería notablemente sensible para el consumo civil. Fue así como las redadas de captura comenzaron en toda la extensión de Corea del Norte: era necesario erradicar las películas extranjeras para siempre.

Este primer intento en la década de los 2000 no fue suficiente. El contenido de otros extranjero seguía filtrándose al país, comprometiendo la narrativa institucional en favor del mandatario supremo. En Corea del Norte, el presidente no sólo cumple la función ejecutiva: es una especie de padre compartido para la población, garante de sus derechos y elegido por un linaje casi divino.

Al día de hoy, no existen biografías oficiales de los dirigentes norcoreanos. Sin embargo, se sabe que rigen al país bajo un mismo principio: no puede existir ningún tipo de oposición a su dictadura. Ni siquiera de contenido venido de otros países, que podría “contaminar las mentes de sus habitantes”, que viven “en prosperidad bajo su protección absoluta“.

Un reportaje de Laura Bicker, corresponsal de Asia para la BBC, destaca la introducción de una nueva ley en Corea del Norte que tiene como objeto eliminar cualquier tipo de influencia extranjera. Cualquier persona que no se alinee a este principio formador del nacionalismo local podría sufrir consecuencias muy severas.

El proyecto no sólo contempla contenido audiovisual. Playeras, vocabulario o cualquier otro artículo importado de otras partes del mundo —particularmente de Occidente— puede ser penado por generaciones. Los más afortunados sólo serán ejecutados en las vías públicas, como castigos ejemplares. Quienes no quisieran presenciar el fusilamiento, serían considerados traidores, según la cobertura de Bicker.

En Corea del Norte no hay internet. Tampoco hay redes sociales y sólo existen algunos canales de televisión permitidos. De acuerdo con Guy Delisle, caricaturista político que vivió en Pyongyang durante casi un año, todos hablan sobre la supremacía y grandeza del líder en turno.

Si bien esta realidad ya existía antes de la toma de gobierno de Kim Jong-Un, desde 2011 el mandatario hizo que esta condición fuera aún más drástica. En sus palabras, consumir contenido extranjero se trata de un “pensamiento reaccionario”. Cualquiera que sea sorprendido con medios de comunicación ilícitos será sentenciado a pena de muerte por fusilamiento.

Quienes consuman contenido ilícito —o no aprobado por el Estado—, serán condenados a 15 años de trabajo en campos de concentración, a la manera de la Alemania Nazi. Lo mismo aplica, según Jong-Un, a aquellos cuyo comportamiento sea “desagradable, individualista y antisocialista“, particularmente entre la juventud norcoreana.

Para el líder absoluto de Corea del Norte, el contenido y los artículos venidos del extranjero son “venenos peligrosos“. Por esta razón, les declaró la guerra desde hace años, pero no fue hasta 2021 que concretó un proyecto de ley que “pretende proteger a la población” de este tipo de influencias nocivas, sin la necesidad de utilizar toda su fuerza nuclear.

Para la población, en contraste, la represión hace que las formas de vida sean limitadas en libertad. La estrategia de limitar el contenido a la producción norcoreana, tal parece, está relacionado con que la gente no tenga un punto de referencia con la vida en otras partes del mundo. De esta manera, no podrán comparar su estilo de vida con el de los demás.

Sin embargo, el proyecto de ley sigue en pie. El primer medio en el mundo en obtener una copia fue Daily NK, que destacó lo siguiente sobre ésta: “Establece que si un trabajador es descubierto, el jefe de la fábrica puede ser castigado, y si un niño es problemático, los padres también pueden ser castigados. El sistema de monitoreo mutuo alentado por el régimen de Corea del Norte se refleja agresivamente en esta ley”, señala a la BBC Lee Sang Yong, su editor en jefe.

Los poquísimos desertores que han logrado escapar de Corea del Norte aseguran que la situación se hace cada vez más violenta y silenciosa. Cualquier atisbo de resistencia que se detecte en la población es rápidamente suprimido, y todo parece volver a la normalidad.

A pesar de esto, destaca Bricker, es impresionante “cuán ingeniosa ha sido la gente para circular y ver películas extranjeras que generalmente se pasan de contrabando a través de la frontera con China”. A la par, el Estado norcoreano idea nuevas maneras de reprimir estos estímulos, de manera que la narrativa institucional de poder pueda erigirse como la única incuestionable, irremplazable, infinita.




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